Acopio de tortillitas de camarones

Si hace un tiempo nos creíamos vencedores en la batalla contra el maldito virus, hoy parece que queda lucha para rato. Las malas cifras de contagios y hospitalizaciones crecientes y a punto de repetir recientes errores, los hay que dan un paso adelante, se ponen en lo peor y rezan para que la más eficaz de las vacunas llegue pronto y se reparta más que la pedrea de Navidad.

Echando un vistazo al mapa con piel de toro y a la proliferación de puntos rojos de confinamientos más o menos reales, los visionarios vuelven a hacer de las suyas y pregonan con el ejemplo de la anticipación a la hora de hacerse con productos que presumiblemente vuelvan a escasear debido al exceso de demanda.

De esta manera, los hay que lucen en el supermercado un carro o dos llenos a más no poder de papel higiénico suficiente como para que el perrito labrador de Scottex pudiera dar dos vueltas a Cádiz y empapelar a su paso sus dos puentes de entrada y rematarlos con un lazo triple para dejarlo listo para regalo.

Otros optan por la audacia enmascarada y compran compulsivamente mascarillas online y offline. Las piden quirúrgicas en paquetes de quinientas unidades; de tela y con estampación del escudo del Cádiz CF para los mellizos futboleros; textiles lavables y con filtro de quita y pon e incluso FFP2 para ver si la niña capta la indirecta y termina de una vez sus estudios de Formación Profesional.

La secta de los Pilatos, por su parte, no disimulan su ansia convertida en frenesí y no dudan en pedir prestados landrovers y rancheras para llenarlos de geles hidroalcohólicos y alcoholes en todo formato y condición. Alguno hasta se ha dirigido a los jefes de producción de los laboratorios para que empleen formatos más adecuados para los grandes consumidores de sus productos y reclaman bombonas como las de butano o barriles como los de cerveza para sus unguentos lavamanos.

En menor medida hay quien va comprando en días alternos pantallas, guantes, cinta americana o gafas de pintor. Mucho EPI y poco Blas, en fin.

Por último, ya se ha visto a ciertos ejemplares de gourmands comprando un segundo o tercer arcón congelador para llenarlo de los mejores productos para los necesarios homenajes en casa en tiempos de confinamientos o restricciones hosteleras. Ni que decir tiene que este espécimen distinguido en sus ademanes y fino de paladar, tras sellar la garantía de su recién adquirido electrodoméstico para almacenamiento de alimentos, pone sin dudar la quinta marcha en dirección a su tienda de congelados de cabecera para cargar sin dilación el maletero de su coche con tortillitas de camarones, pavías de merluza, croquetas de choco en su tinta y bacalao dorado como para aguantar seis asedios de Napoleón con el grito de ¡Viva Molinero AVA! que sustituye para tan especial ocasión al usual ¡Viva la Pepa!

Buenos modales en la mesa

Las normas elementales de la educación abarcan tomos de anchos lomos que casi nunca son seguidas a rajatabla por comodidad, pereza o rebeldía. Hoy me voy a centrar en una veintena de mandamientos que deben seguirse en la mesa para ser considerado como un comensal educado.

No apoyar los codos sobre la mesa ni apoyar la cabeza en las manos son una buena tarjeta de presentación que resplandece cuando se avanza en un almuerzo y los cubiertos nunca quedan apoyados a los bordes y sí cruzados como una cubierta a dos aguas sobre el plato si vamos a tomarnos un descanso, para servirnos agua o brindar, por ejemplo.

Permanecer en una natural quietud, sin agacharse o inclinarse en busca de la comida denotan buena escuela, ya que son los cubiertos los que deben subir hasta la boca y no la boca hacia los alimentos, como hacen los animales y otros seres de pesebre, prado y Congreso de los Diputados.

Tampoco se debe levantar o volcar el plato para terminarlo, ni soplar la comida para enfriarla. Hacer ruidos al comer es como retransmitir el mal gusto al que una persona se ha abandonado y hacerlo con la ingesta de vino es pecado mortal en la mesa que bien debería pagarse con extrañamiento o galeras.

Bien por superstición, bien por tino a la hora del vino, siempre se deberá tomar las copas o vasos con la mano derecha, y a la izquierda, el pan.

El huno de nuestros días hace percusión con los cubiertos; el dandy practica esgrima con la brocheta o la dorada y ni la pala ni el tenedor derrapan en la vajilla.

Tomar líquido con comida en la boca o girar el plato para comer lo del otro extremo es otra prueba evidente de estar falto de modales. Al igual que llevarse a la boca la comida con el cuchillo.

De prisión mayor a garrote vil son las penas de quienes usan el móvil en la mesa. ¡No hay excusas! Es más, aconsejo poner todos los móviles en un cesto y el primero que toque el suyo, paga la comida en caso de estar en tasca, venta o restaurante o recoge los platos y la cocina, en caso de comida en casa.

Comer con cadencia y nunca hablar con la boca llena casi completa esta tabla de mandamientos que concluye con uno de inexcusable cumplimiento: si en la fuente quedan dos tortillitas de camarones de la firma gaditana Molinero AVA y sois tres a la mesa, ofréceselas a ellos y fríe más, ya que serán bienvenido en toda mesa y en toda ocasión por tan ejemplar comportamiento. Y si no hay más en tu congelador, más grande será tu hazaña que se cantará por trovadores del buen gusto hasta el fin de los días.

Tunantes y atunantes

Poco se habla de la hiperinflación del atún y es algo que debería estudiarse tanto en facultades de Económicas como en economías domésticas.

Los que tenemos la suerte de vivir en Cádiz somos gente acostumbrada a este pescado azul y que en tiempos ya lejanos comíamos en temporada, con las primeras levantás de los túnidos que iban al Mediterráneo a desovar y luego, a los adelgazados peces que volvían de sus quehaceres reproductivos con menos grasa pero con mucha gracia tras el verano.

Yo recuerdo ir a comprar atún y que, con ligeras excepciones, fuese un alimento económico. Se pedía atún en filetes o para guisar, no había más distingos ni voz disonante más que la de aquel al que no le gustaba ‘lo negro’ y nadie que no tuviese familia o amigos en Barbate había probado jamás el corazón o las faceras.

De ahí hemos pasado a doctores en anatomía del nuevo rey del mar que recitan su despiece como los viejos aficionados del fútbol radiado hacían con las alineaciones de los clubs de sus amores. Si antes, cual papagayo recitaban sin error a Bocoya, Amarillo, Juan José, Linares, Hugo Vaca, Dos Santos, Mejías, Manolito, Dieguito, Mané y Choquet, ahora declaman salpicando con saliva lomo, ventresca, carrillera, morrillo, parpatana, tripa, corazón, galete, sangacho, facera y tarantelo. ¡Como para llevarles la contraria!

Ahora el atún es imbatible en precio y el lomo, siendo el más económico de los cortes, rara vez baja de los treinta euros, mil duros para los añejos, moco de pavo…

Pagar al tuntún un par de kilos de atún es un sueño a menos que acabes de salir abrigado de un cajero y es moda, ficción de estatus (postureo, para los pezqueñines) o exhibicionismo pedir esa cantidad de diversas partes del Thunnus Thynnus y para usos diversos en la cocina: para tataki, para tartar, para nigiri, para maki… siempre en alta voz y mirando al tendido para que se note que eres entendido.

Hablaba de hiperinflación del atún rojo por el sobreprecio que se está pagando, pero que se comprende al albur del ingente arribista advenedizo que paga y paga gritando a los cuatro vientos las bondades de este pez sin haberse deleitado con otras especies y solo porque las leyes del mercado y el postureo así lo ordenan.

Con las excepciones de boquerones, sardinas, caballas, salmonetes o acedias, siempre presentes en mis oraciones y mis mercados de cabecera, hay mil y un manjares por descubrir una y mil veces antes de coronar a ningún pescado como rey del mar.

Gourmands, gente de la mar y cocineros coinciden en indicar que el mejor pescado es aquel que lleva menos tiempo fuera del agua, con que ojo al parche, oído cocina y anzuelos a la mar…

Quien no haya probado brecas, plateritos, malarmados, almendritas, rubios, relojes, charranes, pescadillas, borriquetes o albures en sus cocinados precisos y su momentos y enclaves adecuados no tiene voto para nombrar reyes del océano ni príncipes de las mareas.

Por eso hay que volver al origen, al pescado sin pedigrí pero bien tratado, a gritar de placer al comerlo y a quemarse los dedos al coger una pieza antes de tiempo empujados por el olor que domina el ambiente y enloquece pituitarias.

Para eso y más, Molinero AVA y sus platos tradicionales, elaborados con las mejores materias primas y tan asequibles como deliciosos. Quien no se derrumbe de placer al morder una de sus tortillitas de camarones queda eliminado de cualquier juego de mesa y mantel. Igual que aquellos osados ignorantes que no gozan superlativamente ante los dados de cazón en adobo o las pavias de merluza, a los que habría que aplicarles pena de excomunión gastronómica.

O sea.

Tortillitas de camarones a menos de dos metros, ¡por favor!

Ya hay alegría en las terrazas. Las calles han recobrado parte de la vida transeúnte arrebatada por el virus infame y parece que hasta se han multiplicado los gorriones, los cuales me despiertan a veces al venir, temprano, a saludarme hasta mi ventana vestida de nuevo día.

El gorjear sonoro y dulce de esos deliciosos y menudos animales se ve parcialmente tapado por algo de tráfico y alguna gaviota oportunista que chirría a la espera de su alimento robado a otras aves de menor tamaño.

Hay gente obediente que usa la mascarilla siempre y en todo lugar. Los fumadores alternan caladas de muerte con tapabocas de suerte; hay ciclistas y corredores que ahora dicen llamarse runners de los dos bandos, según el ritmo del jadeo.

Los niños menores, exentos de obligaciones fiscales y asépticas, corren libres de pecado y culpa y hermosos por naturaleza. Los mayores de esa edad a lo justo, protestan a viva voz infringiendo la norma que hace asomar las mellas de sus bocas. Los mayores educan a su prole según sus usos: padres con mascarillas y guantes se acompañan de hijos con idéntico atuendo de supervivencia;  hijos ‘a pelo’ que imitan a unos padres más cercanos a la temeridad que a la valentía, desnudos de tez y manos sin saber qué les espera en las gotas que hay en el aire.

Los policías dudan qué norma de qué fase del estado de alarma aplicar a la ciudadanía. Esto parece un temario de cuatro temas que cuando te sabes el dos, olvidas el uno y mezclas la piedra con la hiedra y el agua con la fragua; la una con la luna y el valor con el calor.

Distancia social de dos metros inter pares, no sé si será un metro menos en Canarias, y aforos al cincuenta por ciento en los lugares de ocio y tintineos de copas y platos. Dos metros entre mesa y mesa con camareros a los que imagino practicando estiramientos para ver si consiguen unos brazos larguísimos como para ser el máximo reboteador de la Conferencia Oeste de la NBA (yo me acuerdo, sonriente de mí, de Fernando Romay o de Panagiotis Fasoulas).

Lo que cuenta es el apetito. Apetito de ser mejores personas y de disfrutar con cautela siempre y en todo lugar. En terrazas o bajo techo; en bares, cafeterías, restaurantes, chiringuitos, colmados, tabernas, baches, tabancos o boquetes, lo importante es pedir que las tortillitas de camarones de Molinero AVA estén cerca de ti y de tu boca sin mascarilla, y olvidémonos de esos  confinamientos sin frituras…

 

 

Las ganas de ganar (al coronavirus)

En momentos tristes siempre se añora cualquier tiempo pasado que no siempre fue mejor, aunque sí cierto e inamovible. Quizá por ello, cualquiera que lea este breve alegato que trata de insuflar optimismo en tiempos de cuarentena obligatoria, sienta, como cantaban Sabina y María Jiménez, las ganas de ganar.

Ganas de ganar tiempo perdido, que siempre será invertido; ganas de recuperar buenos hábitos o malos, según el ojo que los juzgue; ganas de saludar a gente desconocida, tal y como se sigue haciendo en los pueblos pequeños y antes se hacía hasta en las grandes ciudades; ganas de ir a sitios que han estado cerrados demasiado tiempo o de descubrir lugares en la propia localidad de cada cual y que nunca se tuvo en cuenta o se pasaba a su lado mirando sin ver, viendo sin mirar.

Pisar playas con los pies descalzos y disfrutar del dulce azote en los tobillos de las olas que nos acarician al morir en la orilla envueltas en espuma de sal; pasear con los seres más queridos y recuperar el placer de andar por andar; prestar atención a cosas pequeñas; creer que han crecido las pantallas en los cines y que el sonido es más nítido que nunca…

Ya que el final del confinamiento no será total ni libre, habrá que ir adaptándose a la llamada desescalada. Primero, libertad vigilada de mil metros a la redonda como jaula al aire libre que nos parecerá un sueño; luego se abrirá la localidad entera y poco a poco al resto de provincias hasta que llegue al fin la posibilidad de viajar a otros países, quizá en un Mundo muy distinto ya.

Lo que esta maldita Pandemia no cambiará es la alegría que siempre ha demostrado este pueblo ante las adversidades, sacando fuerzas renovadas y matando al Covid-19 con cañonazos de precaución y prudencia. También con sonrisas para contagiarlas, a pesar de los que nos han dejado por el camino.

Y por supuesto, romper un millón de lanzas por el pequeño comercio donde hay que comprar más que nunca, pues suponen buena parte del oxígeno económico que cada ciudad necesita y son los que podrán contratar a nuestros hijos el día de mañana y no tendrán que emigrar ni los padres maldecir dicha migración laboral.

Y, ni que decir tiene, visitar mucho y muchos, en la medida que los decretos no lo impidan,  bares, restaurantes, tascas, tabernas, tabancos, baches, gastrotecas y rincones favoritos para gozarlos como nunca, como siempre.

Y una vez allí, pedir platos y bebidas de capricho, pero siempre tirando para el producto del terruño en el ‘comercio’ y en el ‘bebercio’.

Y dentro del capricho gourmand, si se pide frito variado o pescaíto frito, la nota se va acercando al notable alto. Si a ese papelón o ración de pescado le añades tortillitas de camarones obtienes el sobresaliente.

Por último, si se tiene la suerte de que dicho establecimiento conozca lo que es bueno y llene ese papel de estraza o bandeja blanca inmaculada de tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo de Molinero AVA, se alcanza con certeza el séptimo cielo y algo muy parecido a lo prfecto.

Saborear el primer bocado a una fritura de esta firma gaditana se guardará en un archivo de la memoria junto al recuerdo del 10 de Nadia Comaneci en los Juegos Olímpicos de Montreal’76 o al hecho de contemplar en bucle infinito ese gol del Cádiz al Racing de Santander diez años después, cincelado por el 10 cadista y salvadoreño ‘Mágico’ González.

El segundo mordisco evocará el placer de disfrutar por primera vez del debut en la Gran Pantalla de Amenábar con Tesis o de la mítica Trainspotting, ambas cintas estrenadas diez años después del gol de diez del diez que hacía magia con una esfera perfecta, como el tango de marca que omito y que bautizaba a ese balón azteca.

Conclusión: Salgan a disfrutar; disfruten con los que más deseen, pero con prudencia; deseen la vuelta a cines, playas y calles; y sobre todo, vuelvan a los locales de comer, que con las cosas de comer no se juega. Y que no se la jueguen, pida Molinero AVA.

* Agradecemos públicamente la colaboración del gran fotógrafo Cata Zambrano por cedernos la imagen que ilustra esta entrada y otras. Síguelo en Facebook en:   http://tinyurl.com/y7obqfrf

¿Pan o picos? Esa es la cuestión

Parafraseando, aun metido en harina, la primera frase del soliloquio de ‘Hamlet’ de William Shakespeare arranca esta entrada en el blog de Molinero AVA para abordar un tema crucial a la hora de comer, dando por sentado que con las cosas de comer no se juega, pero sí se mastica, saborea y engulle.

Ante tan metafísico título cabría preguntarse si el mundo se divide en dos bandos antagónicos y enfrentados, mesa y mantel mediante: ‘gente de toma pan y moja’, los cuales todo lo acompañan con el sustento que Jesucristo tomó y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo” y los que se decantan por el pico como rastrillo de platos y rebañador de las más variadas esencias.

Pero existe, y son mayoría de buen yantar, un tercer bando tan neutral como práctico y sabedor de que en la variedad está la excelencia, que se decanta por un alimento u otro dependiendo del momento, el lugar o el plato que se tenga delante.

Eso sí, hay dos mandamientos de la ley del buen comer que son de obligado cumplimiento, sea fiesta de guardar o no y so pena de ayuno involuntario de no menos de dos meses y un día: la ensaladilla se come siempre con picos y los guisos de cuchara deben incluir al menos una pieza de pan a su izquierda.

Como en toda norma, hay excepciones que deberán ser juzgadas en primera instancia por quien presida la mesa o sobreseídas si hay unanimidad de criterio alrededor de la tabla de comedor. Verbigracia, no siempre “pan con pan es comida de tontos” ya que nadie se resiste a un bocadillo de filetes empanados ante la amenaza cierta de orden de alejamiento y/o destierro de locales de restauración y casas de gente de bien por ignorante profundo.

Por lo demás, ni que decir tiene que se deja a la elección del gourmand cómo acompañar las tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo, todo ello de Molinero AVA.

Pero que nadie, nunca jamás, osare comerse una tortillita de camarones y pico o dos croquetas y pico, en vez de dos o tres completas en sus respectivos casos por lo penoso de asunto y aunque las penas sean menos con pan. O picos. O sea.

Los tres croqueteros

No exento de sarcasmo, pero cargado de sabor a croquetas de diferentes formatos, voy a dedicar este artículo no a Alejandro Dumas ni a sus espadachines, los verdaderos mosqueteros Athos, Porthos, Aramis, y por supuesto, a D’Artagnan. No.

Sí describiré a los mayores amantes del esférico, tetraédrico u ovoide manjar (o de lo que se tercie, bandeja mediante), que como los mosqueteros acuden al ataque todos para una (cuando escasea el avituallamiento en cuestión) y no se conforman con una para todos, porque suelen ser muchos para repartir escasa vianda.

Nuestro Aramis, religioso en la novela por entregas, sería hoy día cualquier clérigo, diácono, presbítero, cura o sacerdote, que metido en evento y faena social, se abandona a la gula, dejando de lado votos y virtudes y sucumbiendo al olor de frituras y bechameles. No en vano, refrán conocido es aquel que, satisfecho de comida asaz, exclama que ha comido “como un obispo”.

El croquetero Athos de nuestros tiempos sería el cuñado borrachín que, copa en mano diestra, se reserva la siniestra para que, a modo de emboscada, con habilidad, rapidez y eficacia, poder cazar cuantas delicias enharinadas y fritas pasan a su vera mientras continúa con una disertación sobre la evolución y sofisticación de los vinos de la Denominación de Origen Montilla-Moriles o de Utiel-Requena, o continúa presumiendo de lo bueno, bonito y barato que él compra tecnologías, viajes o atuendos por los que quienes pacientemente le oyen y padecen pacientemente, han pagado un precio muy superior. ¡Faltaría más!

Para Aramis escojo al gremio periodístico, pues si bien el mosquetero de Dumas era aficionado a romances y a ir de flor en flor, el gacetillero o plumilla va de croqueta en croqueta y tira por que le toca, sin apenas prestar atención al asunto que le llevó a ese recinto que le ha llenado el buche y del que luego debe dar cumplida crónica. Para ello, copia a un compañero o escribe o relata de oídas, todavía haciendo una pesada digestión por exceso de tragaderas.

Por último, no obstante el más importante, queda D’Artagnan, al que el literato francés lo describía como un pueblerino que acude a la capital con una carta de recomendación bajo el brazo, el cual se me asemeja demasiado al concejal de turno, que pasa de cero a cien en lo que agarra un cargo y no se pierde ni una. Tragaldabas y poco acostumbrado al mundo gourmand, se le nota demasiado el pelo de la dehesa a la hora de ver pasar a su alcance cualquier bandeja, y si es de croquetas, mejor. Recurro en este caso a lo que en cierta ocasión le oí al genial Luis Lara, @ComandanteLara: “ése come más que un alcalde nuevo”.

Ni que decir tiene que las croquetas de choco en su tinta o las pavías de merluza o de bacalao; las albóndigas de choco o los boquerones rebozados al limón; las croquetas de pescado y marisco o las de rabo de toro; las ortiguillas de mar o los taquitos de adobo; las albóndigas de bacalao o las bolitas de chorizo o las tortillitas de gambas o de bacalao de Molinero AVA son las reinas de las bandejas  y objeto de los deseos de estos croqueteros, que no eran tres, fueron cuatro.

La tapa es un invento gaditano

Tapear es algo que a todos pone de acuerdo y a todos deja contentos pues alimenta el alma, sacia las hambres, educa paladares y forja amistades.

La tapa, esa “pequeña porción de algún alimento que se sirve como acompañamiento de una bebida”, según la define la Real Academia de la Lengua, es mundialmente conocida por su variedad y brevedad en barra y mesas altas. Aunque su origen es incierto.

Cervantes contaba hace más de cuatro siglos en su inmortal ‘El Ingenioso Hidalgo Quijote de la Mancha’ cómo Don Quijote y Sancho Panza merendaban con unos peregrinos “que venían bien proveídos, a lo menos de cosas incitativas que llaman a la sed a dos leguas”. Estos incitativos o llamativos eran por lo general queso, aceitunas, frutos secos y embutidos, alimentos que siendo salados o picantes despertaban la sed, igual que el avisillo  descrito por Francisco de Quevedo como “bueno para beber” en la ‘Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagabundo y espejo de tacaños’ y que ya entonces se comía antes de la comida principal.

Hay varias teorías sobre el origen de este menudo alimento, que varían en tiempo, espacio, personajes o sabores.

Los hay que hablan de que fue Alfonso X El Sabio el que dio origen a la tapa por prescripción facultativa, pues fue su real galeno quien aconsejaba tomar una o dos copas de vino diarias acompañada con unos bocados de cualquier comida.

Otros ven su nacimiento en época de los Reyes Católicos cuando se registraban numerosos incidentes en las tabernas y para paliar el efecto del alcohol se les ponía a los clientes unas lonchas de jamón u otro embutido.

Cabe señalar también que en el siglo XVII se llamaba tapa (del francés étape) al alimento ofrecido a las tropas militares en aquellos lugares por donde pasaban a modo de avituallamiento.

Por su parte, el escritor sevillano Antonio Burgos data la invención de la tapa para principios de siglo XX, cuando al parecer, un cliente del Café Iberia, en la calle Sierpes, lugar que después ocupara el Círculo de Labradores, mandó a un ordenanza a un bar cercano a por una caña de fino y pidió que le trajera algo con que tapar el vaso, «por ejemplo, una loncha de jamón».

Desde este blog y haciendo patria chica, volvemos a teorías reales y nos decantamos por que fue el rey Alfonso XIII el que, en una visita al Ventorrillo del Chato (entre Cádiz y San Fernando), dio origen a la tapa tras pedir una copa de vino que el camarero le sirvió tapada con una loncha de jamón para evitar que la arena de la playa o los insectos entraran en la bebida, tras lo cual, el rey repitió bebida, pidiendo que se acompañara cubierta de idéntica «tapa».

Rematando la entrada de tapas, y deseando que llegue uno y mil mediodías de aperitivos, barras y amistades, solo queda dejar constancia de que casi al cien por cien del catálogo de productos de la empresa Molinero AVA son susceptibles de ser disfrutados por tapas, verbigracia: tortillitas de camarones, croquetas, daditos de cazón en adobo, pavías de bacalao o de merluza, tortillas de gambas o de bacalao, oritiguillas…

 

Fuentes:

https://sevilla.abc.es/gurme/

https://dle.rae.es

https://www.tiopepe.es

Las doce campanadas con uvas, o no…

Llega el final del año y, con ello, las doce campanadas que enterrarán a 2019  y traerán bajo el brazo del calendario a un recién nacido llamado 2020.

Usos que se convierten en costumbres; costumbres que se hacen leyes, dan como resultado una ley no escrita y sí digerida consistente por estas calendas en tomar doce uvas acompañando las últimas doce campanadas del año justo con el cambio de diciembre a enero, de año pasado a año nuevo.

Aunque haya varias teorías al respecto, me quedo con la de 1909, año en el que hubo un excedente de cosecha de uvas y los agricultores decidieron para darles salida, venderlas como las uvas de la suerte. A lo largo de los años esta tradición se habría ido apuntalando hasta convertirse como algo imprescindible para comenzar el nuevo año.

España exportó esta tradición a América Latina y en Italia, por ejemplo, se cenan lentejas con pata de cerdo para llamar al dinero. Cuantas más se comen, más se gana, una creencia que se remonta a la época de los romanos, cuando regalaban lentejas con el fin de convertirlas en dinero.

En Dinamarca la tradición es romper la vajilla tras la cena de Nochevieja como forma de expresar los buenos deseos para el nuevo año y en Francia tampoco se escuchan campanadas, ni se comen uvas, aunque sí se brinda con champagne y la gente se besa debajo del muérdago al sonar las doce horas, frontera entre años viejos y nuevos.

En el Reino Unido, la costumbre típica es el ‘first footing’, es decir, correr para ser el primero en visitar a familiares y amigos para felicitarles el año nuevo.

En Grecia es tradicional cocinar un pastel llamado Vassilopitta en cuyo interior se coloca una moneda de oro o de plata, otorgando la mejor suerte a quien la encuentre en su plato.

Desde Molinero AVA proponemos terminar el año comiendo una tortillita de camarones de doce bocados, o ingerir doce bocaditos de croquetas de pescado y marisco; o degustar doce cucharadas de bacalao dorado al son de campanas…

Eso sí, felicitando el año a los fieles clientes y a los nuevos que vendrán atraídos por sonidos de campanadas o por el olor de un perol del que manan nuestras frituras de delicias.

Pescaíto frito por Navidad

Llegan las fiestas navideñas y con ellas, muchísimos eventos de ineludible asistencia y obligado cumplimiento.

A las comidas de empresas, de compañeros, amigos o familiares, incluidos los cuñados, se suman las ‘grandes’ de la Navidad, que son dos en el más leve de los casos, y cuatro por lo general.

A una cena de Nochebuena pantagruélica le sigue una voraz y nada frugal comida de Navidad, ya con las caras de los comensales algo más redondeadas respecto a dos semanas atrás; a la última cena del año, llena de manjares, uvas, brindis, campanadas y buenos deseos, le sigue otro almuerzo de primero de año, con más platos que la Fábrica de La Cartuja.

Y aún sin contar las semanas posteriores a Nochebuena y Nochevieja, cargadas de tentempiés, aperitivos, almuerzos y avituallamientos de las llamadas ‘sobras’, hemos cogido cientos o miles de gramos que tendremos el propósito de ir soltando a partir del roscón de Reyes, a pesar de llevar el polvorón por bandera.

Propongo, nobleza obliga, que a los habituales jamones y embutidos selectos, patés con ínfulas de foie, quesos en tablas, mariscos variados y hasta bien cocidos en algunos casos, se llenen las mesas de pescaíto frito, que es comida exquisita y recreo y deleite que fortalece y da vigor al espíritu.

Desde Molinero AVA os deseamos unas felices fiestas cargadas de tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo. Amén