Tortillitas de camarones a menos de dos metros, ¡por favor!

Ya hay alegría en las terrazas. Las calles han recobrado parte de la vida transeúnte arrebatada por el virus infame y parece que hasta se han multiplicado los gorriones, los cuales me despiertan a veces al venir, temprano, a saludarme hasta mi ventana vestida de nuevo día.

El gorjear sonoro y dulce de esos deliciosos y menudos animales se ve parcialmente tapado por algo de tráfico y alguna gaviota oportunista que chirría a la espera de su alimento robado a otras aves de menor tamaño.

Hay gente obediente que usa la mascarilla siempre y en todo lugar. Los fumadores alternan caladas de muerte con tapabocas de suerte; hay ciclistas y corredores que ahora dicen llamarse runners de los dos bandos, según el ritmo del jadeo.

Los niños menores, exentos de obligaciones fiscales y asépticas, corren libres de pecado y culpa y hermosos por naturaleza. Los mayores de esa edad a lo justo, protestan a viva voz infringiendo la norma que hace asomar las mellas de sus bocas. Los mayores educan a su prole según sus usos: padres con mascarillas y guantes se acompañan de hijos con idéntico atuendo de supervivencia;  hijos ‘a pelo’ que imitan a unos padres más cercanos a la temeridad que a la valentía, desnudos de tez y manos sin saber qué les espera en las gotas que hay en el aire.

Los policías dudan qué norma de qué fase del estado de alarma aplicar a la ciudadanía. Esto parece un temario de cuatro temas que cuando te sabes el dos, olvidas el uno y mezclas la piedra con la hiedra y el agua con la fragua; la una con la luna y el valor con el calor.

Distancia social de dos metros inter pares, no sé si será un metro menos en Canarias, y aforos al cincuenta por ciento en los lugares de ocio y tintineos de copas y platos. Dos metros entre mesa y mesa con camareros a los que imagino practicando estiramientos para ver si consiguen unos brazos larguísimos como para ser el máximo reboteador de la Conferencia Oeste de la NBA (yo me acuerdo, sonriente de mí, de Fernando Romay o de Panagiotis Fasoulas).

Lo que cuenta es el apetito. Apetito de ser mejores personas y de disfrutar con cautela siempre y en todo lugar. En terrazas o bajo techo; en bares, cafeterías, restaurantes, chiringuitos, colmados, tabernas, baches, tabancos o boquetes, lo importante es pedir que las tortillitas de camarones de Molinero AVA estén cerca de ti y de tu boca sin mascarilla, y olvidémonos de esos  confinamientos sin frituras…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *