Huele a Feria

 

Suele escucharse la expresión “ya huele a feria” cuando finaliza la Semana Santa y comienza el rosario de fiestas de farolillos y faralaes, desde Sevilla a El Colorado; de Jerez a Puerto Real; desde El Puerto de Santa María a Málaga.

Son más las ganas que el olor lo que lleva a pronunciar esta frase que tiene sevillana propia y que los fanáticos de las ferias no paran de pronunciar y sentir. Porque la feria en sí tiene olores buenos, malos y regulares. No uno, varios.

Olores a algodón de azúcar y manzana caramelizada de la niñez, que endulzan los sueños y que resultan antagónicos al olor a cuadra que llegaba al aproximarse a los ponis o a los caballistas y se entremezclan con el olor a vino fino siempre presente en formato de medias botellas entre gráciles bailes y aroma a caseta de amigos.

Pero de entre todos los olores hay que quedarse con el de la antesala de la feria, entre alumbrado y nervios: el del pescaíto frito.

Bien es sabido que en las ferias se hace alarde de jamón, queso, chicharrones y caña de lomo. También de mariscadas de gambas y langostinos y de lebrillos de tortillas de patatas y pimientos fritos. Pero nada como esa fritura que cita de lejos como el banderillero al morlaco, como la playa al turista, como la piel a la piel…

Por eso declaramos desde aquí que cuando se asevere que «ya huele a feria», se piense en la fritura de pescado, de la pescadilla en rodajas rubias al salmonete colorao, del choco al boquerón, de la acedía retorcida al cazón con o sin adobo…

Con la tortillita de camarones a la cabeza, sagrada forma del sabor y esencia de ferias y fiestas de guardar, piscis corpus del nuevo credo gourmand, como contenedor del olor que se ha de recordar después del disfrute entre lunares y claveles en las solapas.

 

 

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