El novio de las tortillitas de camarones

Rezan la tradición y los manuales de caza que un cazador no llega a serlo del todo  hasta que se lleva a cabo la ceremonia del noviazgo, por la cual, el sujeto es juzgado tras abatir su primera pieza de caza mayor en una montería.

En este juicio participan fiscal, juez, abogado defensor, jurado y alguaciles de entre los cazadores más veteranos y una vez iniciada la vista, el fiscal se encarga de acusar al delincuente y de aportar todos los datos posibles para su incriminación.

Tras la acusación, el abogado defensor expone un torpe alegato a favor (en contra) de su cliente, que acabará culpando más que exonerando a su defendido, llegando al veredicto de culpabilidad y la pena que puede ir desde marcarle la cara al novel con un poco de sangre de la pieza a otras más excesivas, incluso abusivas.

Los de caza menor, ni de pluma ni de pelo, cuentan con este ritual de iniciación. Mucho menos los pescadores ni mariscadores. Y es una pena.

Me imagino al pescador veterano eviscerando una dorada y pintando con hieles de triunfo anclas y anzuelos en la frente del debutante a la caña.

O al mariscador, que viendo que los camarones capturados por su hijo por primera vez acabarán llenando de sabor, sentido y contenido una crujiente tortillita de camarones. Pero éste, lejos de restregar los crustáceos contra la cara del joven, elige la noble opción de ir a freir una docena de las que Molinero AVA acaba de elaborar y empaquetar. Haciendo chinchín de tortillita contra tortillita en un brindis eterno a la bajamar.

Sin jueces, veredictos ni penas. Solo alegrías y las papilas gustativas como únicos testigos del placer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *