Los tres croqueteros

No exento de sarcasmo, pero cargado de sabor a croquetas de diferentes formatos, voy a dedicar este artículo no a Alejandro Dumas ni a sus espadachines, los verdaderos mosqueteros Athos, Porthos, Aramis, y por supuesto, a D’Artagnan. No.

Sí describiré a los mayores amantes del esférico, tetraédrico u ovoide manjar (o de lo que se tercie, bandeja mediante), que como los mosqueteros acuden al ataque todos para una (cuando escasea el avituallamiento en cuestión) y no se conforman con una para todos, porque suelen ser muchos para repartir escasa vianda.

Nuestro Aramis, religioso en la novela por entregas, sería hoy día cualquier clérigo, diácono, presbítero, cura o sacerdote, que metido en evento y faena social, se abandona a la gula, dejando de lado votos y virtudes y sucumbiendo al olor de frituras y bechameles. No en vano, refrán conocido es aquel que, satisfecho de comida asaz, exclama que ha comido “como un obispo”.

El croquetero Athos de nuestros tiempos sería el cuñado borrachín que, copa en mano diestra, se reserva la siniestra para que, a modo de emboscada, con habilidad, rapidez y eficacia, poder cazar cuantas delicias enharinadas y fritas pasan a su vera mientras continúa con una disertación sobre la evolución y sofisticación de los vinos de la Denominación de Origen Montilla-Moriles o de Utiel-Requena, o continúa presumiendo de lo bueno, bonito y barato que él compra tecnologías, viajes o atuendos por los que quienes pacientemente le oyen y padecen pacientemente, han pagado un precio muy superior. ¡Faltaría más!

Para Aramis escojo al gremio periodístico, pues si bien el mosquetero de Dumas era aficionado a romances y a ir de flor en flor, el gacetillero o plumilla va de croqueta en croqueta y tira por que le toca, sin apenas prestar atención al asunto que le llevó a ese recinto que le ha llenado el buche y del que luego debe dar cumplida crónica. Para ello, copia a un compañero o escribe o relata de oídas, todavía haciendo una pesada digestión por exceso de tragaderas.

Por último, no obstante el más importante, queda D’Artagnan, al que el literato francés lo describía como un pueblerino que acude a la capital con una carta de recomendación bajo el brazo, el cual se me asemeja demasiado al concejal de turno, que pasa de cero a cien en lo que agarra un cargo y no se pierde ni una. Tragaldabas y poco acostumbrado al mundo gourmand, se le nota demasiado el pelo de la dehesa a la hora de ver pasar a su alcance cualquier bandeja, y si es de croquetas, mejor. Recurro en este caso a lo que en cierta ocasión le oí al genial Luis Lara, @ComandanteLara: “ése come más que un alcalde nuevo”.

Ni que decir tiene que las croquetas de choco en su tinta o las pavías de merluza o de bacalao; las albóndigas de choco o los boquerones rebozados al limón; las croquetas de pescado y marisco o las de rabo de toro; las ortiguillas de mar o los taquitos de adobo; las albóndigas de bacalao o las bolitas de chorizo o las tortillitas de gambas o de bacalao de Molinero AVA son las reinas de las bandejas  y objeto de los deseos de estos croqueteros, que no eran tres, fueron cuatro.

Las doce campanadas con uvas, o no…

Llega el final del año y, con ello, las doce campanadas que enterrarán a 2019  y traerán bajo el brazo del calendario a un recién nacido llamado 2020.

Usos que se convierten en costumbres; costumbres que se hacen leyes, dan como resultado una ley no escrita y sí digerida consistente por estas calendas en tomar doce uvas acompañando las últimas doce campanadas del año justo con el cambio de diciembre a enero, de año pasado a año nuevo.

Aunque haya varias teorías al respecto, me quedo con la de 1909, año en el que hubo un excedente de cosecha de uvas y los agricultores decidieron para darles salida, venderlas como las uvas de la suerte. A lo largo de los años esta tradición se habría ido apuntalando hasta convertirse como algo imprescindible para comenzar el nuevo año.

España exportó esta tradición a América Latina y en Italia, por ejemplo, se cenan lentejas con pata de cerdo para llamar al dinero. Cuantas más se comen, más se gana, una creencia que se remonta a la época de los romanos, cuando regalaban lentejas con el fin de convertirlas en dinero.

En Dinamarca la tradición es romper la vajilla tras la cena de Nochevieja como forma de expresar los buenos deseos para el nuevo año y en Francia tampoco se escuchan campanadas, ni se comen uvas, aunque sí se brinda con champagne y la gente se besa debajo del muérdago al sonar las doce horas, frontera entre años viejos y nuevos.

En el Reino Unido, la costumbre típica es el ‘first footing’, es decir, correr para ser el primero en visitar a familiares y amigos para felicitarles el año nuevo.

En Grecia es tradicional cocinar un pastel llamado Vassilopitta en cuyo interior se coloca una moneda de oro o de plata, otorgando la mejor suerte a quien la encuentre en su plato.

Desde Molinero AVA proponemos terminar el año comiendo una tortillita de camarones de doce bocados, o ingerir doce bocaditos de croquetas de pescado y marisco; o degustar doce cucharadas de bacalao dorado al son de campanas…

Eso sí, felicitando el año a los fieles clientes y a los nuevos que vendrán atraídos por sonidos de campanadas o por el olor de un perol del que manan nuestras frituras de delicias.

La importancia del aceite de freír

No nos engañemos: al freír será el reír, pero la risa que se supone tras la ingestión de alimentos deliciosos pasados por freidora, perol o sartén, puede estar inducida por diferentes elementos.

Aunque existen un buen puñado de grasas para llevar a cabo la fritura, hoy hablaremos de aceites buscando el más adecuado para una buena comida. Aceites de oliva virgen extra, de orujo, de semillas, de coco, de colza o de girasol se disputan el honor de ser el medio más adecuado para freír alimentos, aunque por las propiedades que atesoran cada uno de ellos, los hay buenos y menos buenos.

Partimos de la máxima de que los aceites pierden parte de sus propiedades al ser calentados y que para percibir su aroma y sabor adecuadamente es necesario tomarlo crudo. Pero la fritura forma parte de la cultura gastronómica patria y renunciar a ella supondría dejar de comer, entre otras maravillas de mesa y mantel, croquetas, pavías o tortillitas de camarones.

Sancho Bañón Arias, profesor de Tecnología de Alimentos de la Universidad de Murcia, señala que “en general, el aceite de oliva es más estable que el aceite de girasol porque contiene menos ácidos grasos poliinsaturados, linoleico en particular, que son los que se oxidan con mayor facilidad. Aunque depende del lugar de origen, el aceite de oliva normalmente puede llegar a 150ºC sin descomponerse, y lo normal en una fritura es trabajar en torno a 130ºC”.

Por lo que vale como consejos para una buena fritura no mezclar los distintos aceites, evitar cambios de temperatura bruscos en los alimentos,  reutilizar el aceite siempre que no se haya quemado, mantenerlo alejado de fuentes de luz y calor para evitar oxidaciones y no freír jamás a más de 180 grados ni mucha cantidad de alimentos a la vez. 

Un dato curioso es que la pérdida de peso de los alimentos fritos y la absorción de aceite por éstos son menores cuando se usan aceites con alto contenido en ácidos grasos monoinsaturados, como ocurre en los aceites de oliva, orujo de oliva y girasol alto oleico.

A modo de conclusión, y dados los diferentes paladares y bolsillos, es bueno utilizar el aceite que más se acomode a los gustos del que tenga la sartén por el mango, siempre teniendo en cuenta que a más frituras con el mismo dorado líquido, éste se va degradando hasta volverse ‘carne de contenedor de reciclaje’.

Por cierto, está demostrado que tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo, referencias deliciosas de Molinero AVA, agradecen el baño en aceite caliente, bien de oliva, bien de girasol, siempre que el amor forme parte de los ingredientes cercanos a los peroles de freír.

Comer con los dedos o finger food, pero a la gaditana

Un dicho de nuevo cuño ensalza la técnica de alimentarse sin ayuda de cubiertos y reza así: “me gustas más que comer con los dedos”.

Comer a mano o ‘a máquina’ depende de la ocasión, del protocolo o del alimento en sí a ingerir. Nadie en su sano juicio toma la sopa con su propia mano cóncava, ni escarba un plato de arroz empleando falanges, falanginas ni falangetas y menos delante de su jefe y a la hora de pedir un aumento de sueldo. 

Sin embargo, hay una nueva corriente gastronómica que apuesta claramente por comer con los dedos, hasta hay tascas, bares, restaurantes y rincones dedicados al noble arte del fork less.

Hasta hace poco, con las ligeras excepciones de alitas de pollo, croquetas o mariscos menudos, el resto de referencias en cartas iban siempre acompañadas de cucharas, tenedores y cuchillos para el tránsito del plato a la boca. 

Ya con la irrupción de modas niponas, nikkei o japos, y a fuerza de ver a individuos devorar nigiris, makis, baos o uramakis con las manos repletas de dedos y sabor, se normaliza el ‘fuera cubiertos’ aunque sea a costa de usar docenas de servilletas en detrimento del mejor cuidado del medio ambiente.

Trasladando el finger food a la gastronomía gaditana que elabora la empresa Molinero AVA (molineroava.com), puede bien afirmarse que el 99% de sus referencias son susceptibles de ser tomadas con los dedos hasta llevarlas al paladar.

Las extraordinarias tortillitas de camarones, nobleza obliga, han de ser obligatoriamente cogidas con índice y pulgar antes del primer ataque, al igual que las tortillitas de gambas o de bacalao; las croquetas de choco en su tinta o las pavías de merluza o de bacalao; las albóndigas de choco o los boquerones rebozados al limón; las croquetas de pescado y marisco o las de rabo de toro; las ortiguillas de mar o los taquitos de adobo; las albóndigas de bacalao o las bolitas de chorizo.

Solamente una referencia del catálogo de productos de Molinero AVA se libra de la técnica ‘digital’ a la hora de ser probado: el bacalao dorado.

Decididamente, Molinero AVA gusta más que comer con los dedos. O sea.   

El rebozado de las pavías

El tenor de rebozar referido a los alimentos según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no es otra cosa que “bañar un alimento en huevo batido, harina, miel, etc…” con el objeto de freírlo después.

Mandan los cánones del rebozado que habría que mezclar dulcemente en un bol, huevo batido, ajo picado, perejil fresco, harina, levadura y un toque de colorante. 

Los hay que emplean aguas con gas, los hay que prefieren una rubia cerveza que aporta además del gas carbónico, una pizca de levadura a la ecuación de alimentos dispuestos para freír.

Hay quienes para desalar el bacalao en casa introducen este maravilloso pescado en un recipiente con agua fría durante 48 horas, cambiándola cada 8 horas; los hay que compran las piezas de bacalao ya desaladas y listas parta rebozar y, por último, los hay que optan por la merluza para cumplir fielmente con una receta de pescado que cuenta con una fama más que merecida.

Consejos para acompañar a este manjar hay tantos como gastrónomos, cocineras, blogueros o glotones. Aconsejan algunos acompañar las pavías con mayonesa elaborada con aceite de oliva: otros la prefieren con la salsa de Mahón hecha con aceite de girasol para que quede más suave su sabor y no prevalezca sobre el del pescado; otra opción igualmente sabrosa es la de quienes prefieren la salsa tártara, que no es más que una mayonesa con cebolleta, pepinillo y alcaparras finamente picadas; unos buenos pimientos morrones o del piquillo tampoco parece mala opción… 

Lo importante es poder maridar la pavía con buena compañía y buena bebida y saber escoger y alejarse de recetas rimbombantes que poco se asemejan a la original receta de pescados que lleva en su rebozado el color de los uniformes de húsares de ayer.

Lejos de todo artificio e inmerso en la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de la cocina tradicional, la empresa gaditana Molinero AVA emplea para su famoso rebozado para las pavías lomos de bacalao o de merluza, harina de trigo, agua carbonatada, sal, levadura… y ese abnegado amor a los peroles que devuelven el cariño de crujiente y jugoso modo a quienes pavías fríen en ellos.

Una historia sobre el rabo de toro

Sobre la carne de toro se dice que los griegos la conocían y que los romanos disfrutaban mucho de su sabor, tal y como reflejaba Marcus Gavius Apicius, gastrónomo del siglo I y autor del libro ‘De re coquinaria’, que constituye una fuente para conocer la gastronomía en el mundo romano en épocas de los emperadores Augusto y Tiberio. Así este erudito en fogones mencionaba en su obra un delicioso estofado al estilo de Ostia que bien puede tomarse como antecedente del plato que nos ocupa.

También queda constancia de que en los años de la España musulmana los toros daban su penúltima vuelta al ruedo en las cocinas de la corte de Abderramán III y Al-Hakam II. 

En la España del XVIII, en tiempos de Pepe Illo y Costillares es cuando surge la afición por los guisos de astados y ya a finales del siglo XIX y principios del XX es cuando esta receta tradicional comienza a cocerse en las casas cordobesas, en una época de máximo esplendor para el mundo del toreo y de quienes lo representan, por ejemplo Mazzantini, Lagartijo, Pireo o Manolete.

La elaboración logra fama nacional gracias al propietario del restaurante cordobés El Caballo Rojo, José García Marín, quien al servir en monterías y cacerías organizadas para el Rey, elevó a ilustrado al hasta entonces humilde rabo, sirviéndolo estofado con vino tinto y guarnición de verduras.

La receta en cuestión es bien sencilla, pues se trata de un estofado elaborado según los cánones con la finalidad de aumentar la cantidad de ingredientes y hacer que la carne de rabo quede muy tierna. Ingredientes son el rabo de toro (cortado por la coyuntura), cebolla, zanahoria, tomate frito, ajos, laurel, pimienta negra, pimentón dulce, vino tinto, sal, aceite de oliva, clavos y agua.

La evolución de la cocina nos lleva a que de la primera elaboración de este estofado surjan variaciones en formas, presentaciones y texturas como  modas que vienen y van. Así nos encontramos recetas con chocolate y jengibre; musaka de Rabo de Toro; en empanada, kebab o bao: como lasaña o en croquetas.  

Es precisamente la croqueta de rabo de toro la única elaboración que la empresa gaditana Molinero AVA no basa en productos del mar. Por algo será que todo el que las prueba saca el pañuelo blanco mirando a la presidencia y esperando más que orejas o vueltas al ruedo, más rabo de toro con forma de croquetas.

Fuentes: 

Bodegas Mezquita https://www.bodegasmezquita.com/

ABC https://www.abc.es/viajar/gastronomia

Diario de Gastronomía https://diariodegastronomia.com

La tapa es un invento gaditano

Tapear es algo que a todos pone de acuerdo y a todos deja contentos pues alimenta el alma, sacia las hambres, educa paladares y forja amistades.

La tapa, esa “pequeña porción de algún alimento que se sirve como acompañamiento de una bebida”, según la define la Real Academia de la Lengua, es mundialmente conocida por su variedad y brevedad en barra y mesas altas. Aunque su origen es incierto.

Cervantes contaba hace más de cuatro siglos en su inmortal ‘El Ingenioso Hidalgo Quijote de la Mancha’ cómo Don Quijote y Sancho Panza merendaban con unos peregrinos “que venían bien proveídos, a lo menos de cosas incitativas que llaman a la sed a dos leguas”. Estos incitativos o llamativos eran por lo general queso, aceitunas, frutos secos y embutidos, alimentos que siendo salados o picantes despertaban la sed, igual que el avisillo  descrito por Francisco de Quevedo como “bueno para beber” en la ‘Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagabundo y espejo de tacaños’ y que ya entonces se comía antes de la comida principal.

Hay varias teorías sobre el origen de este menudo alimento, que varían en tiempo, espacio, personajes o sabores.

Los hay que hablan de que fue Alfonso X El Sabio el que dio origen a la tapa por prescripción facultativa, pues fue su real galeno quien aconsejaba tomar una o dos copas de vino diarias acompañada con unos bocados de cualquier comida.

Otros ven su nacimiento en época de los Reyes Católicos cuando se registraban numerosos incidentes en las tabernas y para paliar el efecto del alcohol se les ponía a los clientes unas lonchas de jamón u otro embutido.

Cabe señalar también que en el siglo XVII se llamaba tapa (del francés étape) al alimento ofrecido a las tropas militares en aquellos lugares por donde pasaban a modo de avituallamiento.

Por su parte, el escritor sevillano Antonio Burgos data la invención de la tapa para principios de siglo XX, cuando al parecer, un cliente del Café Iberia, en la calle Sierpes, lugar que después ocupara el Círculo de Labradores, mandó a un ordenanza a un bar cercano a por una caña de fino y pidió que le trajera algo con que tapar el vaso, «por ejemplo, una loncha de jamón».

Desde este blog y haciendo patria chica, volvemos a teorías reales y nos decantamos por que fue el rey Alfonso XIII el que, en una visita al Ventorrillo del Chato (entre Cádiz y San Fernando), dio origen a la tapa tras pedir una copa de vino que el camarero le sirvió tapada con una loncha de jamón para evitar que la arena de la playa o los insectos entraran en la bebida, tras lo cual, el rey repitió bebida, pidiendo que se acompañara cubierta de idéntica «tapa».

Rematando la entrada de tapas, y deseando que llegue uno y mil mediodías de aperitivos, barras y amistades, solo queda dejar constancia de que casi al cien por cien del catálogo de productos de la empresa Molinero AVA son susceptibles de ser disfrutados por tapas, verbigracia: tortillitas de camarones, croquetas, daditos de cazón en adobo, pavías de bacalao o de merluza, tortillas de gambas o de bacalao, oritiguillas… 

 

Fuentes:

https://sevilla.abc.es/gurme/

https://dle.rae.es

https://www.tiopepe.es

Marchando una de frito gaditano o pescaíto frito

Si cuatro elementos  – leche, cacao, avellanas, azúcar- componen la legendaria receta de la crema más famosa entre los niños (y no tan niños), son cuatro los elementos que dan como resultado uno de los platos más emblemáticos del litoral andaluz en general y de Cádiz, en particular y que lleva por nombre frito gaditano o pescaíto frito, el cual se compone de sal, harina, aceite y, cómo no, pescado de la zona.

El frito gaditano o pescaíto frito, más que un plato, es tradición en la costa andaluza y generalmente se basa en la fritura en abundante aceite de oliva caliente de especies pequeñas, de sabor especial, delicadeza y jugosidad. Chocos, calamares, puntillitas, cazón con o sin adobo, pescadilla, boquerones, salmonetes y acedías, acompañados de croquetas y empanadillas, suelen componer en Cádiz las cartas de las freiduras que en esta bendita tierra adoptan el nombre de freidor.

Pero la moda de comer pescado frito no es nueva, ya que las freidurías de pescado ya estaban documentadas en la costa andaluza (y Sevilla) desde la segunda mitad del S.XVIII y en la constitucional Tacita de Plata de 1812, Cádiz contaba ya con más de 80 freidores, por lo que no es de extrañar que este plato, o su recuerdo al menos, viajara a la Corte y a los confines de América a raíz de la redacción de La Pepa.

A pesar de no hallarse en los altares de la gastronomía en cuanto elaboración, dificultad, emplatado y precio, el frito gaditano sí se encuentra en el Paraíso de los paladares costeros y de tierra adentro y en el edén de las letras de la mano del genial escritor gaditano Fernando Quiñones (1930-1998), que, enamorado de todo lo que a Cádiz sonaba, olía o sabía, bautizó como ‘Mijitas del Freidor’ la columna de libre divagación que durante años escribió en el más antiguo periódico gaditano. Sería bueno apostillar en esta línea que esas ‘mijitas’ serían en puridad la parte ‘despreciable’ que del despacho de pescado quedaba en los freidores y que se vendía a precios populares a imagen y semejanza de lo que las tiendas de ultramarinos hacían con recortes y taquitos de chacinas y embutidos variados.

Con comodidad y sin atención a mareas o temporadas que traigan o dejen de traer tal o cual pescado, la empresa gaditana Molinero AVA sí facilita una gran variedad de productos de la mar que hace posible un buen frito gaditano en la mesa de quien así lo estime conveniente. Tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo son referencias de esta firma que compondrán un bodegón de mar y sabor y una versión del pescaíto frito o frito gaditano para enmarcar, comer y degustar. 

Ese ‘superalimento’ llamado bacalao

El bacalao (gadus morhua) es un pescado blanco de mares fríos del Norte y el miembro de la familia gadidae más común, siendo un depredador voraz que se alimenta de zooplancton, moluscos, crustáceos y de otros peces como arenques y anguilas.

Dicen que los primeros en secar el bacalao fueron los vikingos de Noruega, cuando los desterrados Thorwald y su conflictivo hijo, Erik el Rojo, decidieron viajar a Islandia, Groenlandia y Canadá, allá por el siglo X. El bacalao en salazón consiste en practicarle la desecación mediante sal (salazón) al pez. Esto hace que se pueda conservar en un lugar seco durante varios meses y ser transportado adonde se desee, de ahí que existan antiquísimas recetas de este producto en zonas alejadísimas del mar. 

Pero su apogeo arrancaba en el momento en el que la Iglesia medieval imponía días de ayuno en los que se prohibía mantener relaciones sexuales y comer carne. Tras los viernes de ayuno llegó la abstinencia en Cuaresma y otros días más sin carne que elevó al bacalao a los altares culinarios del mundo cristiano al ser un alimento de calidad y barato.

Como receta emblemática de este ‘rey del mar’ será bueno destacar la del pil pil por su popularidad y tradición en la gastronomía vasca, y se basa en la salsa obtenida tras la emulsión del aceite de oliva con el jugo desprendido a base de calor y meneo del bacalao y añadiéndole ajo y guindillas.

Docenas de recetas pueden encontrarse en manuales de cocina y enciclopedias gastronómicas, y cientos si sumamos a éstas las variaciones sobre las recetas originales que existen. Como muestra, puede señalarse que muy conocidas son la preparaciones del bacalao a la vizcaína, con tomate, en empanada, al ajoarriero, en brandada, como buñuelos, como alma y relleno de unos deliciosos pimientos del piquillo o con arroces, patatas o ensaladas variadas.

Del inmenso recetario que mana de la calidad y versatilidad del producto estrella de los peces gadidae, la empresa familiar gaditana de alimentación Molinero AVA (molineroava.com), incluye en su catálogo de productos albóndigas, tortillitas, pavías y bacalao dorado, recetas de las que ya daremos cuenta y mejor provecho en otras entradas a este blog de chuparse los dedos.

Fuentes:

Web Hostelería Salamanca (https://www.hosteleriasalamanca.es/)

Recetas de Rechupete (https://www.recetasderechupete.com/)

Blog Guía de Pescado (guiadepescado.com) 

La tinta de choco (calamar o sepia) en nuestras cocinas

La tinta de choco o de calamar es una especie de pigmento oscuro que desprenden algunos cefalópodos generalmente como estrategia de distracción o evasiva ante la amenaza de un depredador al acecho. Casi todos los cefalópodos son capaces de emitir esta sustancia que popularmente se denomina tinta y que en los países del entorno mediterráneo, principalmente en España e Italia, se emplea en la elaboración de algunos de los más suculentos platos de sus respectivas cocinas.

Centrando el artículo en la vertiente más científica, cabe reseñar que esta tinta procede de unas glándulas ubicadas entre las branquias de este orden de seres marinos y se expulsa por las aberturas laterales cuando el cefalópodo se encuentra en peligro, dejando un rastro negro que permite desorientar al animal atacante, a modo de cortina de humo en su versión más líquida y oscura. O dicho de otro modo, la glándula secretora de la tinta, tuvo en sus orígenes una función metabólica, pues contiene muchas enzimas, además de liberar melanina, y en un momento de la evolución adquirió el papel defensivo.

Precisamente es la melanina la que otorga esta tonalidad oscura al pigmento, aunque también está compuesta de levodopa, dopamina o de tirosinasa. Además no es siempre del mismo color, pues la tonalidad varía dependiendo del cefalópodo del que proceda.

Entre fogones, la tinta se suele emplear para realizar diversas preparaciones de chocos, sepias, chopitos, calamares o chipirones en sus propias salsas y siempre con el apellido de “en su tinta”. 

Como arroz negro, fideuá negra a base de fideos negros y hasta patatas negras, suele servirse esta preparación en las cocinas españolas. En la cocina italiana se denomina nero di seppia a la salsa procedente de estos exquisitos cefalópodos para las más elaboradas recetas de pasta o risottos.

Con un modo de elaboración desarrollado por el fundador de nuestra marca, Manuel Ruiz Rosano, la tinta de choco abandera la lista de ingredientes que componen las Croquetas de Choco en su Tinta de Molinero AVA y a las que deliciosamente le acompañan, entre otros ingredientes, la propia carne del choco, harina de trigo, aceite de oliva, cebolla, ajo, perejil, sal, laurel, vino o caldo.

Fuentes:

Blog Asturnatura https://www.asturnatura.com/

Revista Muy Interesante https://www.muyinteresante.es

Blog de Robin Food http://blog.daviddejorge.com