El novio de las tortillitas de camarones

Rezan la tradición y los manuales de caza que un cazador no llega a serlo del todo  hasta que se lleva a cabo la ceremonia del noviazgo, por la cual, el sujeto es juzgado tras abatir su primera pieza de caza mayor en una montería.

En este juicio participan fiscal, juez, abogado defensor, jurado y alguaciles de entre los cazadores más veteranos y una vez iniciada la vista, el fiscal se encarga de acusar al delincuente y de aportar todos los datos posibles para su incriminación.

Tras la acusación, el abogado defensor expone un torpe alegato a favor (en contra) de su cliente, que acabará culpando más que exonerando a su defendido, llegando al veredicto de culpabilidad y la pena que puede ir desde marcarle la cara al novel con un poco de sangre de la pieza a otras más excesivas, incluso abusivas.

Los de caza menor, ni de pluma ni de pelo, cuentan con este ritual de iniciación. Mucho menos los pescadores ni mariscadores. Y es una pena.

Me imagino al pescador veterano eviscerando una dorada y pintando con hieles de triunfo anclas y anzuelos en la frente del debutante a la caña.

O al mariscador, que viendo que los camarones capturados por su hijo por primera vez acabarán llenando de sabor, sentido y contenido una crujiente tortillita de camarones. Pero éste, lejos de restregar los crustáceos contra la cara del joven, elige la noble opción de ir a freir una docena de las que Molinero AVA acaba de elaborar y empaquetar. Haciendo chinchín de tortillita contra tortillita en un brindis eterno a la bajamar.

Sin jueces, veredictos ni penas. Solo alegrías y las papilas gustativas como únicos testigos del placer.

La resistencia contra el impío halloween

La invasión se ha consumado y somos unos pocos los que formamos la resistencia contra la calabaza asesina. Halloween ha pasado en un abrir y cerrar de ojos de anecdótico a habitual y machacón en nuestras vidas. Y no solo por un día, sino, virtud del poderoso caballero, casi durante un mes en centros comerciales, anuncios televisivos o campañas de firmas que cuentan con ocho días de oro que son veinte o quincenas fantásticas que duran un otoño, en una pesadilla sin vivir en Elm Street.

 

Nuestra misión: Hay que combatir todo lo que huela a calabaza y neutralizar a los mensajeros aunque impresionen sus menudas tallas, además porque acuden a por limosna golosa con la agravante de disfraz, alevosía y cuadrilla, con abuso de confianza, generalmente con nocturnidad y siendo reincidentes…

 

A todos estos mocosos que osen llamar a la puerta de una casa de bien, como es la mía, al grito de “truco o trato”, que no esperen caramelos, piruletas, gominolas o algodones de azúcar. Todo lo más que obtendrán tras su impío gorronear serán huesos de santo como Dios manda. Pero si llaman a horas de comer, se les dará en sus pecosas fauces con una croqueta, una tortillita de camarones o una pavía de merluza. ¡Y encima, recién fritas, para que sepan lo que es bueno!

 

Por ser Ley de Molinero AVA, en tiempos de Todos los Santos.

Aquellos chiringuitos maravillosos

Cuanto más voy a la playa, más echo de menos mi niñez. Y eso que precisamente ahora solamente piso la arena para pasear a buenas horas, mareas propicias y momentos de escasa afluencia de gritones bañistas.

Debe ser que aunque no todo tiempo pasado fue mejor, sí todo tiempo pasado fue anterior (Les Luthiers, dixit) y el paraíso de otras calendas sin preocupaciones y de muchas risas bombardean la memoria de quien se preocupa y no anda sobrado de tiempo libre ni alegres momentos a borbotones.

Pisar la playa era encontrarse con el olor a aceite de coco, Nivea y Aftersun; oír a los mariscadores de La Isla pregonar “camarones, cangrejos, bocas…”; jugar sin zonas delimitadas y estar atentos a la megafonía a ver cuántos niños se habían perdido o encontrado.

Pisar la playa era admirar a los socorristas de la Cruz Roja; saludar respetuosamente a los guardias y responder de usted a los mayores.

Pisar la playa era compartir toalla y esperar que alguna avioneta pariese balones hinchables o paracaidistas; era secarse a lo justo antes del siguiente chapuzón y dar coba hasta conseguir un Drácula o un Popeye.

Y sobre todo, pisar la playa era aguardar la hora de llegar al chiringuito para tomar algo.

Esos establecimientos ya extintos eran mágicos, únicos e irrepetibles. Más parecidos a unos chozos y diferentes unos de otros, variantes en color, estructura y tamaños, guardaban olores propios y leyendas urbanas. Y sobre todo, se comía bien, barato y de verdad.

Las mesas ancladas en la arena, los camareros vociferantes de camisas blancas a primera hora y los cocineros que asomaban por un ventanuco para gritar “ya sale la paella”, han dado paso a unos formidables edificios uniformados por normativas, camareras de cola alta con tabletas para las comandas y mandiles de tejido denim que corretean entre mesas de puntillas como bailarinas de Bolshoi litoral.

Y ya no hay un sitio decente donde comerse unas tortillitas de camarones como Dios manda a menos que la gerencia de estos antros de diseño hayan hecho acopio de productos de Molinero AVA.

 

 

 

 

 

Levantar o no levantar la cabeza…

La concienciación ha sido siempre un ingrediente básico en toda apuesta por la educación. Últimamente puede padecerse y sufrirse en las cadenas del grupo mediático atresmedia una campaña que se repite en bucle como castigo para la sociedad que ha sucumbido a los dispositivos móviles como esclavos de la tecnología.

Dicha campaña lleva como lema ‘Levanta la cabeza’ y supone un acuerdo entre padres e hijos para hacer un uso responsable de los dispositivos electrónicos, algo que siempre puede tener excepciones.

Los consejos que venden, a buen seguro que para sí no tienen, no son más que los resultantes de ejercitar el sentido común y que, como toda norma, guarda resquicios por donde adentrarse.

Levantar la cabeza de un dispositivo que vomita reels y tiktoks infumables de influentes de medio pelo con coreografías absurdas e inútiles es digno de elogio.

Levantar la cabeza de un móvil mientras se va andando por la calle no solo es digno sino recomendable para no tropezar con el prójimo o no pisar regalitos de perretes de dueños que sí levantan la cabeza para mirar para otro lado cuando su Fufú depone en aceras y zonas de paseo.

Levantar la cabeza de aparatos de los que manan compases de reguetón o similares es lo suyo; no hacerlo es perseguible de oficio por la Fiscalía.

Levantar la cabeza de videojuegos o juegos con apuestas es de primero de salud mental.

Eso sí, y aquí vienen las excepciones de toda campaña, resquicio normativo y alivio de seres pensantes y acostumbrados a los buenos usos:

Nunca levantar la cabeza de móvil, Tablet o pantalla que exponga el contenido de páginas gastronómicas, con molineroava.com a la cabeza y menos si de receta, truco o consejo se trata para gourmets y demás personas de bien.

Mirar para otro lado mientras una web, blog o medio te dice eso que te falta para conseguir la tortillita de camarones crujiente o que el rebozado de una pavía quede terso y adherido a la merluza como neopreno a buzo es de estúpidos.

Ni que decir tiene que levantar la cabeza de un plato de menudo de choco, berza campera, taquitos de adobo o cualquiera otra delicia de Molinero AVA es insensatez.

Huele a Feria

 

Suele escucharse la expresión “ya huele a feria” cuando finaliza la Semana Santa y comienza el rosario de fiestas de farolillos y faralaes, desde Sevilla a El Colorado; de Jerez a Puerto Real; desde El Puerto de Santa María a Málaga.

Son más las ganas que el olor lo que lleva a pronunciar esta frase que tiene sevillana propia y que los fanáticos de las ferias no paran de pronunciar y sentir. Porque la feria en sí tiene olores buenos, malos y regulares. No uno, varios.

Olores a algodón de azúcar y manzana caramelizada de la niñez, que endulzan los sueños y que resultan antagónicos al olor a cuadra que llegaba al aproximarse a los ponis o a los caballistas y se entremezclan con el olor a vino fino siempre presente en formato de medias botellas entre gráciles bailes y aroma a caseta de amigos.

Pero de entre todos los olores hay que quedarse con el de la antesala de la feria, entre alumbrado y nervios: el del pescaíto frito.

Bien es sabido que en las ferias se hace alarde de jamón, queso, chicharrones y caña de lomo. También de mariscadas de gambas y langostinos y de lebrillos de tortillas de patatas y pimientos fritos. Pero nada como esa fritura que cita de lejos como el banderillero al morlaco, como la playa al turista, como la piel a la piel…

Por eso declaramos desde aquí que cuando se asevere que «ya huele a feria», se piense en la fritura de pescado, de la pescadilla en rodajas rubias al salmonete colorao, del choco al boquerón, de la acedía retorcida al cazón con o sin adobo…

Con la tortillita de camarones a la cabeza, sagrada forma del sabor y esencia de ferias y fiestas de guardar, piscis corpus del nuevo credo gourmand, como contenedor del olor que se ha de recordar después del disfrute entre lunares y claveles en las solapas.

 

 

No vale toda innovación en la cocina

Innovar o no innovar, esa es la cuestión. Eso diría un Hamlet cocinillas a la hora de revolucionar un plato de éxito para desmarcarse de los otros cocineros del entorno y brillar con luz propia en esta constelación de mandiles y casacas bordadas con iniciales y logotipos, algunos hasta con patrocinadores como los clubes deportivos o escuderías de F1.

Uno, gourmet y gourmand, sibarita y glotón según de qué cosas, siempre diría sí a la innovación que sea para evolucionar en el sentido positivo de la expresión. Avanzar en fin siempre es conveniente en el océano de sabores y texturas, pero no toda yarda ganada es distancia aprovechada y camino recorrido. Un barco al hundirse continúa con su singladura y sin embargo es el principio de su fin y eso sucede con muchas innovaciones en la cocina.

Poco tiempo atrás, había tascas, tabernas, bares o restaurantes con ese nombre descriptivo y genuino a secas. Poco después hubo una pandemia consistente en añadir el prefijo gastro a sus establecimientos que fue como un tren al que se sumaron en tropel locales buenos y no tanto como una suerte de declaración de intenciones con una serie de leyes no escritas y sí perpetradas: primero con la desafortunada reducción de Pedro Ximénez con la que se anegaba cualquier sabor existente en los platos; luego, con bricks con los que se envolvía todo lo susceptible de ser envuelto hasta llegar al paroxismo de hacer empanadillas de pasta brick rellenas de wantung al filo del estilo strudel…

Pero hay que parar en las evoluciones no vaya a ser que con tanta deconstrucción y redefinición de recetas se plantee llegar a esferificar el caviar o licuar el palo cortado.

Todo esto viene a colación porque ha llegado a mis oídos que alguien ha osado crear un taco que usa como base la tortillita de camarones, ya de por sí continente y contenido asaz y que hay que coger por la puntilla para no embadurnarse de aceite al sobarla en exceso, del mismo modo que si untaren la tostada con manteca colorá por cara y cruz o si a la pizza se le expandiera tomate, mozzarella y albahaca por haz y envés.

Que con las cosas de comer no se juega. Palabra de Molinero AVA. O sea.

Papelón de comida, cartucho de placer

El papel del papel en la gastronomía y el mundo culinario es inmenso y variado. Cartas de restaurantes, recetarios de cocina, prensa especializada o guías gourmet depositan y cargan sobre papel sus sabias tintas, pero hoy es el día de dar un giro de mantel y hablar sobre el uso del papel sin escritura es estas lides.

En Francia, país que acuña términos imprescindibles en el vocabulario del gourmand y del glotón, bautiza como cartouche a la técnica de tapar un guiso con papel vegetal o parafinado para reducir la evaporación de un guiso. También del francés, el término en papillote hace referencia al «paquete» en el que se envuelve el alimento para una determinada forma de cocción, conocida en Italia se conoce como cocinar al cartoccio.

En este artículo no hablaremos de elaboración de alimentos y sí de la presentación de los mismos, que es la del gaditanísimo papelón, conocido allende las fronteras de la tierra de Pemán y Alberti como cartucho, incluso hay quienes hablan de cucurucho, término que acepto pero no comparto, y que puede contener cualquier alimento informal para comer con los dedos, como aros de cebolla, kebabs, sándwiches o palitos de pescado.

El mundo del papelón, nunca mimado en los manuales del arte de peroles, puede ceñirse al despacho de tres alimentos calientes y uno frío: Una fresca mariscada para consumo inmediato es siempre bienvenida en este formato, sean galeras, gambas, bocas o pechos, langostinos o cigalas;  al igual que sus primos hermanos ardientes de pura fritura: churros, patatas fritas de perol y pescaíto frito.

Hoy dejamos de lado tan calentito desayuno o merienda de mojar en chocolate y las patatas siempre estrellas colmadas de fulgor en ferias y verbenas, para centrarnos en el papelón de pescaíto, cuya composición puede contener trazas de placer hasta límites insospechados y que según canónicos freidores ha de llevar choco, puntillitas, cazón, gambas, huevas de merluza, acedías y como remate para que los niños coman bien, croquetas y empanadillas.

Otrosí yo recomiendo un papelón del perol de Molinero AVA a base de tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta, pavías de merluza y de bacalao, croquetas de pescado y marisco, taquitos de adobo o tortillitas de bacalao. A ver quien dice que no hacen un excelente papel…

Nuevo orden económico gaditano

Muy atrás han quedado el viejo patrón oro y el sistema de Bretton Wood para establecer el valor de las monedas. El Patrón dólar también murió y dio lugar al Índice Big Mac, la más célebre hamburguesa de la cadena McDonald’s, que tomada como indicador del sistema de cambios monetarios en el mundo, el semanario británico The Economist lo estableció casi como broma y ahora se estudia en la universidades.

Es decir, ya no valía desde ese momento saber el peso en oro de una reserva federal para calcular la riqueza de un país; o la equivalencia con el dólar de la moneda que se trate; ni el precio de un Big Mac en Noruega o en Uganda,

Pero tras ese indicador norteamericano, entre panes de sésamo y fast food, llega el Índice Camarón, en el que lo único que cuenta es el buen paladar del que se come las mejores tortillitas de camarones del mundo, y que regirá las leyes económicas sobre la evolución del coste de la vida en cada país.

Siguiendo la evolución del precio del envase de Tortillitas de Camarones de Molinero AVA en diferentes países y regiones es posible establecer el poderío del vil metal y si la paridad está infravalorada o sobrevalorada.

El poder adquisitivo de la moneda cada país se medirá partiendo del valor de lo que se elabora con mimo a base de harinas de trigo y de garbanzo, cebolla, perejil, camarones, aceite, agua y sal.

Adiós al Patrón Oro, al Patrón Dólar y al Índice Big Mac. Ahora se estila el Índice Camarón, que viene para quedarse, como se queda en las memorias el delicioso sabor de una toritillita de camarones de la empresa gaditana de cuyo nombre sí quiero acordarme y es Molinero AVA. O sea…

Siempre es y será tiempo de berza

Como «una receta familiar única e incomparable que sabe a GLORIA» se define en la web de Molinero AVA el nuevo producto del catálogo que es la Berza Campera.

Si se le resta el apellido al plato y se pregunta más allá de Despeñaperros y hacia arriba sobre la berza, todos coincidiran en que la berza es la col, verbigracia: aquella planta hortense, de la familia de las crucíferas, con hojas radicales muy anchas por lo común y de pencas gruesas, flores en panoja al extremo de un bohordo, pequeñas, blancas o amarillas, y semilla muy menuda. Se cultivan muchas variedades, todas comestibles, que se distinguen por el color y la forma de sus hojas. La más vulgar tiene las pencas blancas.

Pero si deja al Diccionario de la RAE de lado y se habla en el Sur sobre berza, siempre se piensa en este prodigioso potaje y no en la col, aunque de todos es conocido que es sinónimo de nuestra polisémica receta de cuchareo con o sin paso atrás. No en vano potaje lo define la Real Academia de la lengua como  «guiso hecho con legumbres, verduras y otros ingredientes que se come especialmente los días de abstinencia», lo que la raza gitana añade a esa olla insípida son sacramentos, avíos o pringás que harán las delicias del gourmet y del glotón.

Como sacramentos o avíos de la berza se deben contar con chorizo, morcilla, carnes de cerdo y tocinos que serán la base de la pringá; como materia leguminosa, bastan garbanzos y habichuelas. Para rematar, sal y pimentón y manteca colorá como opción poco cardiosaludable pero siempre saludable en su bienvenida.

Y las verduras de dos en dos: calabaza y judías verdes; tagarninas y cardo; col y apio…

Y lo más rápido y no por ello menos exquisito: si hay prisa, confiar en la nueva berza gitana de Molinero AVA. Palabra de rebañador.

El Picoteo

El picoteo, ilustre acción con noble causa, es atendido de pasada (quizá con desdén) en el diccionario de la RAE como acción de picotear y ésta, como la acepción trigésimo primera del verbo picar.

La acción y efecto de picotear entre humanos, aunque alguno sea pájaro de mal agüero, se define como tomar una ligera porción de un alimento o cosa comestible. Y ya está, siendo lo comido por lo servido y poco más, como si entre los ratos de picoteos no cupiesen enciclopedias, tratados y tesis sabrosas, especiadas y crocantes.

Este descuido académico hace que el ilustre picoteo quede como un hermano pobre de las pantagruélicas cenas, un huérfano ante los copiosos almuerzos y un esquelético primo frente las opíparos banquetes, cuando mayor hidalguía y calidad sostiene el hecho de picotear sobre otras celebraciones de mesa y mantel en buena parte de las ocasiones.

Porque no nos engañemos, ni todo el mundo sabe ni puede llevar a cabo un picoteo como mandan los cánones. El picoteo es hermano de sangre y barra del tapeo tradicional, quizá mas liviano y sibarita y nunca referido al vicio glotón de zampar entre comidas haciendo del fin del ayuno, una nueva comida a la postre.

Imagino al experto picoteador con solemne empaque, elegantes ademanes y exquisita educación, copa en mano y con ágiles dedos en la otra, degustando tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo. Todo de Molinero AVA, naturalmente. O sea.