El Picoteo

El picoteo, ilustre acción con noble causa, es atendido de pasada (quizá con desdén) en el diccionario de la RAE como acción de picotear y ésta, como la acepción trigésimo primera del verbo picar.

La acción y efecto de picotear entre humanos, aunque alguno sea pájaro de mal agüero, se define como tomar una ligera porción de un alimento o cosa comestible. Y ya está, siendo lo comido por lo servido y poco más, como si entre los ratos de picoteos no cupiesen enciclopedias, tratados y tesis sabrosas, especiadas y crocantes.

Este descuido académico hace que el ilustre picoteo quede como un hermano pobre de las pantagruélicas cenas, un huérfano ante los copiosos almuerzos y un esquelético primo frente las opíparos banquetes, cuando mayor hidalguía y calidad sostiene el hecho de picotear sobre otras celebraciones de mesa y mantel en buena parte de las ocasiones.

Porque no nos engañemos, ni todo el mundo sabe ni puede llevar a cabo un picoteo como mandan los cánones. El picoteo es hermano de sangre y barra del tapeo tradicional, quizá mas liviano y sibarita y nunca referido al vicio glotón de zampar entre comidas haciendo del fin del ayuno, una nueva comida a la postre.

Imagino al experto picoteador con solemne empaque, elegantes ademanes y exquisita educación, copa en mano y con ágiles dedos en la otra, degustando tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo. Todo de Molinero AVA, naturalmente. O sea.

Doce campanadas con frituras

Llega el final del año y, con ello, las doce campanadas que enterrarán a 2020  y traerán bajo el brazo del calendario a un recién nacido llamado 2021.

Usos que se convierten en costumbres; costumbres que se hacen leyes, dan como resultado una ley no escrita y sí digerida consistente por estas calendas en tomar doce uvas acompañando las últimas doce campanadas del año justo con el cambio de diciembre a enero, de año pasado a año nuevo.

Aunque haya varias teorías al respecto, me quedo con la de 1909, año en el que hubo un excedente de cosecha de uvas y los agricultores decidieron para darles salida, venderlas como las uvas de la suerte. A lo largo de los años esta tradición se habría ido apuntalando hasta convertirse como algo imprescindible para comenzar el nuevo año.

España exportó esta tradición a América Latina y en Italia, por ejemplo, se cenan lentejas con pata de cerdo para llamar al dinero. Cuantas más se comen, más se gana, una creencia que se remonta a la época de los romanos, cuando regalaban lentejas con el fin de convertirlas en dinero.

En Dinamarca la tradición es romper la vajilla tras la cena de Nochevieja como forma de expresar los buenos deseos para el nuevo año y en Francia tampoco se escuchan campanadas, ni se comen uvas, aunque sí se brinda con champagne y la gente se besa debajo del muérdago al sonar las doce horas, frontera entre años viejos y nuevos.

En el Reino Unido, la costumbre típica es el ‘first footing’, es decir, correr para ser el primero en visitar a familiares y amigos para felicitarles el año nuevo.

En Grecia es tradicional cocinar un pastel llamado Vassilopitta en cuyo interior se coloca una moneda de oro o de plata, otorgando la mejor suerte a quien la encuentre en su plato.

Desde Molinero AVA proponemos terminar el año comiendo una tortillita de camarones de doce bocados, o ingerir doce bocaditos de croquetas de pescado y marisco; o degustar doce cucharadas de bacalao dorado al son de campanas…

Eso sí, felicitando el año a los fieles clientes y a los nuevos que vendrán atraídos por sonidos de campanadas o por el olor de un perol del que manan nuestras frituras de delicias.

Nihil obstat entre fogones

Expresión latina que significa “nada obsta” o “nada lo impide” y no es más que un requisito para determinados actos jurídicos por el que se asegura la ausencia de circunstancias que impidan su realización y que se dan los requisitos necesarios.

En la materia de publicación de libros, el nihil obstat es el dictamen escrito favorable a la publicación en cuanto al contenido doctrinal, realizado por un censor al que el obispo ha dado ese encargo. El censor declara que no consta nada contrario al magisterio ni hay peligro para la fe y las costumbres de los fieles. Hay casos particulares en los que su parecer desciende a más detalles según la finalidad de la publicación, como en los libros de catequesis o las traducciones de las Sagrada Escrituras. Una vez obtenido el nihil obstat, el obispo concede el imprimátur, que es aquella expresión latina que significa ‘imprímase’, usada como fórmula de licencia concedida por la autoridad eclesiástica para imprimir un libro.

Otro tipo de nihil obstat es la declaración de la Congregación para la Educación Católica para que se pueda proceder al nombramiento de un profesor en una facultad eclesiástica, que se realiza sobre la base del parecer del consejo de facultad y del gran canciller o el ordinario del lugar, previa consulta a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

También se requiere nihil obstat en otros supuestos: del ordinario o para inscribirse en un centro de estudios superiores de la Iglesia; en el expediente matrimonial; de la Santa Sede para conceder el doctorado honoris causa.

Por último, más extraordinario y desconocido que todo mandamiento canónico, aun por ello de no menos obligado cumplimiento está el nihil obstat para degustar sin mesura todos y cada uno de los productos del catálogo de Molinero AVA, o lo que es lo mismo: nihil obstat a la bula de la genuina gula. O sea.

Tunantes y atunantes

Poco se habla de la hiperinflación del atún y es algo que debería estudiarse tanto en facultades de Económicas como en economías domésticas.

Los que tenemos la suerte de vivir en Cádiz somos gente acostumbrada a este pescado azul y que en tiempos ya lejanos comíamos en temporada, con las primeras levantás de los túnidos que iban al Mediterráneo a desovar y luego, a los adelgazados peces que volvían de sus quehaceres reproductivos con menos grasa pero con mucha gracia tras el verano.

Yo recuerdo ir a comprar atún y que, con ligeras excepciones, fuese un alimento económico. Se pedía atún en filetes o para guisar, no había más distingos ni voz disonante más que la de aquel al que no le gustaba ‘lo negro’ y nadie que no tuviese familia o amigos en Barbate había probado jamás el corazón o las faceras.

De ahí hemos pasado a doctores en anatomía del nuevo rey del mar que recitan su despiece como los viejos aficionados del fútbol radiado hacían con las alineaciones de los clubs de sus amores. Si antes, cual papagayo recitaban sin error a Bocoya, Amarillo, Juan José, Linares, Hugo Vaca, Dos Santos, Mejías, Manolito, Dieguito, Mané y Choquet, ahora declaman salpicando con saliva lomo, ventresca, carrillera, morrillo, parpatana, tripa, corazón, galete, sangacho, facera y tarantelo. ¡Como para llevarles la contraria!

Ahora el atún es imbatible en precio y el lomo, siendo el más económico de los cortes, rara vez baja de los treinta euros, mil duros para los añejos, moco de pavo…

Pagar al tuntún un par de kilos de atún es un sueño a menos que acabes de salir abrigado de un cajero y es moda, ficción de estatus (postureo, para los pezqueñines) o exhibicionismo pedir esa cantidad de diversas partes del Thunnus Thynnus y para usos diversos en la cocina: para tataki, para tartar, para nigiri, para maki… siempre en alta voz y mirando al tendido para que se note que eres entendido.

Hablaba de hiperinflación del atún rojo por el sobreprecio que se está pagando, pero que se comprende al albur del ingente arribista advenedizo que paga y paga gritando a los cuatro vientos las bondades de este pez sin haberse deleitado con otras especies y solo porque las leyes del mercado y el postureo así lo ordenan.

Con las excepciones de boquerones, sardinas, caballas, salmonetes o acedias, siempre presentes en mis oraciones y mis mercados de cabecera, hay mil y un manjares por descubrir una y mil veces antes de coronar a ningún pescado como rey del mar.

Gourmands, gente de la mar y cocineros coinciden en indicar que el mejor pescado es aquel que lleva menos tiempo fuera del agua, con que ojo al parche, oído cocina y anzuelos a la mar…

Quien no haya probado brecas, plateritos, malarmados, almendritas, rubios, relojes, charranes, pescadillas, borriquetes o albures en sus cocinados precisos y su momentos y enclaves adecuados no tiene voto para nombrar reyes del océano ni príncipes de las mareas.

Por eso hay que volver al origen, al pescado sin pedigrí pero bien tratado, a gritar de placer al comerlo y a quemarse los dedos al coger una pieza antes de tiempo empujados por el olor que domina el ambiente y enloquece pituitarias.

Para eso y más, Molinero AVA y sus platos tradicionales, elaborados con las mejores materias primas y tan asequibles como deliciosos. Quien no se derrumbe de placer al morder una de sus tortillitas de camarones queda eliminado de cualquier juego de mesa y mantel. Igual que aquellos osados ignorantes que no gozan superlativamente ante los dados de cazón en adobo o las pavias de merluza, a los que habría que aplicarles pena de excomunión gastronómica.

O sea.

Las ganas de ganar (al coronavirus)

En momentos tristes siempre se añora cualquier tiempo pasado que no siempre fue mejor, aunque sí cierto e inamovible. Quizá por ello, cualquiera que lea este breve alegato que trata de insuflar optimismo en tiempos de cuarentena obligatoria, sienta, como cantaban Sabina y María Jiménez, las ganas de ganar.

Ganas de ganar tiempo perdido, que siempre será invertido; ganas de recuperar buenos hábitos o malos, según el ojo que los juzgue; ganas de saludar a gente desconocida, tal y como se sigue haciendo en los pueblos pequeños y antes se hacía hasta en las grandes ciudades; ganas de ir a sitios que han estado cerrados demasiado tiempo o de descubrir lugares en la propia localidad de cada cual y que nunca se tuvo en cuenta o se pasaba a su lado mirando sin ver, viendo sin mirar.

Pisar playas con los pies descalzos y disfrutar del dulce azote en los tobillos de las olas que nos acarician al morir en la orilla envueltas en espuma de sal; pasear con los seres más queridos y recuperar el placer de andar por andar; prestar atención a cosas pequeñas; creer que han crecido las pantallas en los cines y que el sonido es más nítido que nunca…

Ya que el final del confinamiento no será total ni libre, habrá que ir adaptándose a la llamada desescalada. Primero, libertad vigilada de mil metros a la redonda como jaula al aire libre que nos parecerá un sueño; luego se abrirá la localidad entera y poco a poco al resto de provincias hasta que llegue al fin la posibilidad de viajar a otros países, quizá en un Mundo muy distinto ya.

Lo que esta maldita Pandemia no cambiará es la alegría que siempre ha demostrado este pueblo ante las adversidades, sacando fuerzas renovadas y matando al Covid-19 con cañonazos de precaución y prudencia. También con sonrisas para contagiarlas, a pesar de los que nos han dejado por el camino.

Y por supuesto, romper un millón de lanzas por el pequeño comercio donde hay que comprar más que nunca, pues suponen buena parte del oxígeno económico que cada ciudad necesita y son los que podrán contratar a nuestros hijos el día de mañana y no tendrán que emigrar ni los padres maldecir dicha migración laboral.

Y, ni que decir tiene, visitar mucho y muchos, en la medida que los decretos no lo impidan,  bares, restaurantes, tascas, tabernas, tabancos, baches, gastrotecas y rincones favoritos para gozarlos como nunca, como siempre.

Y una vez allí, pedir platos y bebidas de capricho, pero siempre tirando para el producto del terruño en el ‘comercio’ y en el ‘bebercio’.

Y dentro del capricho gourmand, si se pide frito variado o pescaíto frito, la nota se va acercando al notable alto. Si a ese papelón o ración de pescado le añades tortillitas de camarones obtienes el sobresaliente.

Por último, si se tiene la suerte de que dicho establecimiento conozca lo que es bueno y llene ese papel de estraza o bandeja blanca inmaculada de tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo de Molinero AVA, se alcanza con certeza el séptimo cielo y algo muy parecido a lo prfecto.

Saborear el primer bocado a una fritura de esta firma gaditana se guardará en un archivo de la memoria junto al recuerdo del 10 de Nadia Comaneci en los Juegos Olímpicos de Montreal’76 o al hecho de contemplar en bucle infinito ese gol del Cádiz al Racing de Santander diez años después, cincelado por el 10 cadista y salvadoreño ‘Mágico’ González.

El segundo mordisco evocará el placer de disfrutar por primera vez del debut en la Gran Pantalla de Amenábar con Tesis o de la mítica Trainspotting, ambas cintas estrenadas diez años después del gol de diez del diez que hacía magia con una esfera perfecta, como el tango de marca que omito y que bautizaba a ese balón azteca.

Conclusión: Salgan a disfrutar; disfruten con los que más deseen, pero con prudencia; deseen la vuelta a cines, playas y calles; y sobre todo, vuelvan a los locales de comer, que con las cosas de comer no se juega. Y que no se la jueguen, pida Molinero AVA.

* Agradecemos públicamente la colaboración del gran fotógrafo Cata Zambrano por cedernos la imagen que ilustra esta entrada y otras. Síguelo en Facebook en:   http://tinyurl.com/y7obqfrf

¿Pan o picos? Esa es la cuestión

Parafraseando, aun metido en harina, la primera frase del soliloquio de ‘Hamlet’ de William Shakespeare arranca esta entrada en el blog de Molinero AVA para abordar un tema crucial a la hora de comer, dando por sentado que con las cosas de comer no se juega, pero sí se mastica, saborea y engulle.

Ante tan metafísico título cabría preguntarse si el mundo se divide en dos bandos antagónicos y enfrentados, mesa y mantel mediante: ‘gente de toma pan y moja’, los cuales todo lo acompañan con el sustento que Jesucristo tomó y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo” y los que se decantan por el pico como rastrillo de platos y rebañador de las más variadas esencias.

Pero existe, y son mayoría de buen yantar, un tercer bando tan neutral como práctico y sabedor de que en la variedad está la excelencia, que se decanta por un alimento u otro dependiendo del momento, el lugar o el plato que se tenga delante.

Eso sí, hay dos mandamientos de la ley del buen comer que son de obligado cumplimiento, sea fiesta de guardar o no y so pena de ayuno involuntario de no menos de dos meses y un día: la ensaladilla se come siempre con picos y los guisos de cuchara deben incluir al menos una pieza de pan a su izquierda.

Como en toda norma, hay excepciones que deberán ser juzgadas en primera instancia por quien presida la mesa o sobreseídas si hay unanimidad de criterio alrededor de la tabla de comedor. Verbigracia, no siempre “pan con pan es comida de tontos” ya que nadie se resiste a un bocadillo de filetes empanados ante la amenaza cierta de orden de alejamiento y/o destierro de locales de restauración y casas de gente de bien por ignorante profundo.

Por lo demás, ni que decir tiene que se deja a la elección del gourmand cómo acompañar las tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo, todo ello de Molinero AVA.

Pero que nadie, nunca jamás, osare comerse una tortillita de camarones y pico o dos croquetas y pico, en vez de dos o tres completas en sus respectivos casos por lo penoso de asunto y aunque las penas sean menos con pan. O picos. O sea.

Pescaíto frito por Navidad

Llegan las fiestas navideñas y con ellas, muchísimos eventos de ineludible asistencia y obligado cumplimiento.

A las comidas de empresas, de compañeros, amigos o familiares, incluidos los cuñados, se suman las ‘grandes’ de la Navidad, que son dos en el más leve de los casos, y cuatro por lo general.

A una cena de Nochebuena pantagruélica le sigue una voraz y nada frugal comida de Navidad, ya con las caras de los comensales algo más redondeadas respecto a dos semanas atrás; a la última cena del año, llena de manjares, uvas, brindis, campanadas y buenos deseos, le sigue otro almuerzo de primero de año, con más platos que la Fábrica de La Cartuja.

Y aún sin contar las semanas posteriores a Nochebuena y Nochevieja, cargadas de tentempiés, aperitivos, almuerzos y avituallamientos de las llamadas ‘sobras’, hemos cogido cientos o miles de gramos que tendremos el propósito de ir soltando a partir del roscón de Reyes, a pesar de llevar el polvorón por bandera.

Propongo, nobleza obliga, que a los habituales jamones y embutidos selectos, patés con ínfulas de foie, quesos en tablas, mariscos variados y hasta bien cocidos en algunos casos, se llenen las mesas de pescaíto frito, que es comida exquisita y recreo y deleite que fortalece y da vigor al espíritu.

Desde Molinero AVA os deseamos unas felices fiestas cargadas de tortillitas de camarones, croquetas de choco en su tinta o de pescado y marisco, pavías de merluza o de bacalao, albóndigas de choco, tortillas de gambas, boquerones empanados al limón, ortiguillas fritas o taquitos de adobo. Amén

Un lujo llamado tortillita de gambas

Antes de hablar sobre las tortillitas de gambas se hace necesario realizar una partición narrativa y hablar primero de las gambas, después de las tortillitas y, a modo de conclusión, celebrar un matrimonio entre ambos sobre un tálamo de aceite caliente antes de pasar a la mesa y mantel.

La gamba (Parapenaeus longirostris), manjar donde los haya, recibe un escueto nombre en nuestra lengua materna, no así en la Pérfida Albión, donde se la conoce como Deepwater rose shrimp, o en el país de los inventores de la guillotina, donde se le llama Crevette rose du large.

Este crustáceo perteneciente a la familia penaeidae y emparentado con camarones y langostinos, suele habitar en suelos arenosos entre 100 y 450 metros de profundidad. Ya que su carne es muy apreciada, suele ser degustadas cocidas o a la plancha, pero no hay persona de bien incapaz de negarse a unas gambas al ajillo, a un arroz caldoso con gambas o a una ensaladilla de gambas.

Pero hoy toca hablar de otro delicioso modo de preparación y consumo de esta delicia culinaria que es en tortillita, descendiente esta preparación bien de las panizas, bien del plato genovés farinata, y que consiste en emplear para su elaboración harina de trigo, harina de garbanzo, cebolla, perejil, gambas, aceite, agua y sal y nada de conservantes ni colorantes, tal y como las elabora la empresa gaditana Molinero AVA, prefritas en fábrica cuatro minutos para que cuando llegue a los hogares solo tengan que ser fritas sin descongelar a 170º durante 1 minuto.

Buen provecho, o sea.

La salsa se baila (y se rebaña) en el plato

Hay alternativas deliciosas para, si bien no mejorar un plato inmejorable, sí para poder aportar a dicho alimento matices diferentes a demanda del comensal bocado a bocado. Para ello están las salsas, tantas y con tan prolijas variantes que bien podría hablarse de un recetario completo por cocinero y un gusto diferente para cada salsa por paladar y día del año.

De esa mezcla de varios ingredientes que se elabora para aderezar o condimentar la comida y que hace que se unte, una, case o recoja del plato para comerlos junto a uno o más ingredientes principales hablaremos en esta entrada al blog. 

Mojar, salsear, napar, condimentar, aliñar o adobar son verbos que se unen según en qué ocasiones con salsas, adobos, caldos, cremas, fondos, mojes, untos, condimentos, aderezos o vinagretas con la finalidad última de rebañar la vajilla hasta dejarla libre de todo rastro de alimento.

Hay muchas salsas básicas y conocidas que acompañan platos hasta el punto de convertirse en cónyuges gastronómicos unidos hasta el día del juicio final de las papilas gustativas, como puedan ser a modo de ejemplo el pollo con barbacoa, las patatas bravas, el conejo con alioli, el bacalao con tomate, las gambas con mayonesa, los calçots con romesco, los espaguetis carbonara o unas hamburguesas con ketchup.

Puestos a elegir y dado que cada quien es comandante en jefe de todo lo que acaba en su paladar, y habida cuenta del exquisito y variado catálogo de la empresa Molinero AVA (www.molineroava.com) , nos decantamos por un puñado de salsas para acompañar los platos del modo que sigue:

  • Pavías de Merluza o de bacalao: Mayonesa o alioli.
  • Albóndigas de choco o Croquetas de choco en su tinta: Más tinta de cefalópodo, alioli o mayonesa.
  • Bacalao Dorado: Mayonesa o salsa de tomate casera.
  • Croquetas de rabo de toro: salsa brava o salsa de tomate.
  • Albóndigas de bacalao: salsa de pimientos del piquillo.
  • Bolitas de chorizo: salsa de tomate.

La eterna discusión de si acompañar con pan o picos todo lo anteriormente expuesto se dirimirá en venideras ocasiones coincidentes con sus respectivas entradas al blog, aunque sea justo adelantar que nunca es tiempo perdido cuando de rebañar se habla.

 

Fuentes:

Diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Revista Hola: https://bit.ly/2Bu8GYU

The Gourmet Journal: https://bit.ly/31z02E5

El rebozado de las pavías

El tenor de rebozar referido a los alimentos según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no es otra cosa que “bañar un alimento en huevo batido, harina, miel, etc…” con el objeto de freírlo después.

Mandan los cánones del rebozado que habría que mezclar dulcemente en un bol, huevo batido, ajo picado, perejil fresco, harina, levadura y un toque de colorante. 

Los hay que emplean aguas con gas, los hay que prefieren una rubia cerveza que aporta además del gas carbónico, una pizca de levadura a la ecuación de alimentos dispuestos para freír.

Hay quienes para desalar el bacalao en casa introducen este maravilloso pescado en un recipiente con agua fría durante 48 horas, cambiándola cada 8 horas; los hay que compran las piezas de bacalao ya desaladas y listas parta rebozar y, por último, los hay que optan por la merluza para cumplir fielmente con una receta de pescado que cuenta con una fama más que merecida.

Consejos para acompañar a este manjar hay tantos como gastrónomos, cocineras, blogueros o glotones. Aconsejan algunos acompañar las pavías con mayonesa elaborada con aceite de oliva: otros la prefieren con la salsa de Mahón hecha con aceite de girasol para que quede más suave su sabor y no prevalezca sobre el del pescado; otra opción igualmente sabrosa es la de quienes prefieren la salsa tártara, que no es más que una mayonesa con cebolleta, pepinillo y alcaparras finamente picadas; unos buenos pimientos morrones o del piquillo tampoco parece mala opción… 

Lo importante es poder maridar la pavía con buena compañía y buena bebida y saber escoger y alejarse de recetas rimbombantes que poco se asemejan a la original receta de pescados que lleva en su rebozado el color de los uniformes de húsares de ayer.

Lejos de todo artificio e inmerso en la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de la cocina tradicional, la empresa gaditana Molinero AVA emplea para su famoso rebozado para las pavías lomos de bacalao o de merluza, harina de trigo, agua carbonatada, sal, levadura… y ese abnegado amor a los peroles que devuelven el cariño de crujiente y jugoso modo a quienes pavías fríen en ellos.