Celebrando con tortillitas de camarones

Estamos de celebración ya que Sanlúcar de Barrameda es la capital gastronómica de España de este 2022. Y hablar de esta bendita tierra es hablar de langostinos y también de las tortillitas de camarones, siempre presentes aquí y en el resto de la provincia.

La receta, en principio sencilla, comparte ese delicado equilibrio entre lo fácil y difícil, esa delgada línea roja que separa lo delicioso de lo exquisito, y en su elaboración sin dificultades aparentes, surgen imprevistos para las manos no acostumbradas a los peroles, tal y como sucede con otros platos que muchos consideran tan fáciles como la tabla del 1 y que revisten esa dificultad invisible que convierte en calamidad lo que iba para plato estrella. Verbigracia: huevos fritos, pescado al horno, txuleta a la brasa…

Para una buena tortillita de camarones, además de los crustáceos que las nombran y enaltecen, se necesita harina de trigo y de garbanzos, cebolla o cebolleta muy picada, perejil, agua, aceite y sal. Sin más. Y donde parece haber sencillez, es donde empiezan las dificultades.

En principio habría que poner en un bol y mezclar las harinas de garbanzos y de trigo, la cebolla, los camarones y el perejil. A eso habría que añadir un vaso de agua muy fría y remover hasta obtener una masa ligera para luego dejarla reposar para luego volver a batir antes de freír.

Ante la duda de si usar freidora, sartén o perol; si freirlas en aceite de oliva o girasol; si darles la vuelta en plena fritura o no; si hay que dejarlas escurrir en papel o devorarlas ipso facto con quemazón de yemas de dedos ladrones, no se me ocurre mejor consejo que comprar unos paquetes de tortillitas de camarones de Molinero AVA y reflexionar en todo el placer que nos estamos llevando a la boca con apenas esfuerzo. Prueba sin error. O sea.

El Día Internacional de la Tortillita de Camarones

Todos tenemos hecho el oído y la mente a que con habitualidad haya que conmemorar efemérides con mayúsculas como puedan ser el Día del Libro, el de la Madre, del Padre o el Lunes de Rocío.

No tan claro tiene la inmensa mayoría que haya hitos marcados en el calendadrio como el 10 de enero, que se celebra el Día Mundial de la Gente Peculiar; el 13 de febrero, que se conmemora el Día Mundial del Infiel o Día Mundial del Amante; el 7 de octubre, Día Mundial de los Calvos o el 5 de diciembre, que está reservado para el Día Internacional del Ninja.

Así que entre tanta rareza, ¿por qué no conmemorar el Dia Interacional de la tortillita de camarones?

Razones no faltan, primero por deliciosas y que están en auge desde que Sanlúcar es la Capital de la Gastronomía o que Ángel León les dedicó una versión sui generis; segundo, por historia, que es tal extensa como gaditana.

Ya una copla de carnaval del año 1884 y rescatada por el gastrónmo gaditano Julio de la Torre de la comparsa Los cocineros se cantaba “a las ricas tortillas de camarones”, cancioncilla recogida posteriormente por el historiador Alberto Ramos en su libro Historia del Carnaval de Cádiz.

La actual receta de las tortillitas de camarones procede de las panissa o paniccia genovesa y la farinata aunque se cree que en la Venta de Vargas ya entrado el siglo XX  se cambió la relación de harinas empleadas en la receta antigua, aumentando la proporción de harina de trigo respecto a la de garbanzos, lo que hizo las tortillitas más ligeras y delgadas y posteriormente sustituyeron el agua de la receta antigua por sifón o agua con gas, consiguiendo esa terminación en crujientes encajes que hoy caracteriza la buena realización del plato.

Desde aquí proponemos la creación del Dia Interacional de la tortillita de camarones, pero dejamos en manos de los lectores su fijación en el calendario por ser harina de otro costal. Mientras tanto, vamos preparando el perol para rematar unas cuantas tortillitas de camarones de Molinero AVA, que siempre está con las manos en la masa. O sea.

Nuevo orden económico gaditano

Muy atrás han quedado el viejo patrón oro y el sistema de Bretton Wood para establecer el valor de las monedas. El Patrón dólar también murió y dio lugar al Índice Big Mac, la más célebre hamburguesa de la cadena McDonald’s, que tomada como indicador del sistema de cambios monetarios en el mundo, el semanario británico The Economist lo estableció casi como broma y ahora se estudia en la universidades.

Es decir, ya no valía desde ese momento saber el peso en oro de una reserva federal para calcular la riqueza de un país; o la equivalencia con el dólar de la moneda que se trate; ni el precio de un Big Mac en Noruega o en Uganda,

Pero tras ese indicador norteamericano, entre panes de sésamo y fast food, llega el Índice Camarón, en el que lo único que cuenta es el buen paladar del que se come las mejores tortillitas de camarones del mundo, y que regirá las leyes económicas sobre la evolución del coste de la vida en cada país.

Siguiendo la evolución del precio del envase de Tortillitas de Camarones de Molinero AVA en diferentes países y regiones es posible establecer el poderío del vil metal y si la paridad está infravalorada o sobrevalorada.

El poder adquisitivo de la moneda cada país se medirá partiendo del valor de lo que se elabora con mimo a base de harinas de trigo y de garbanzo, cebolla, perejil, camarones, aceite, agua y sal.

Adiós al Patrón Oro, al Patrón Dólar y al Índice Big Mac. Ahora se estila el Índice Camarón, que viene para quedarse, como se queda en las memorias el delicioso sabor de una toritillita de camarones de la empresa gaditana de cuyo nombre sí quiero acordarme y es Molinero AVA. O sea…

Sobre el olfato y los aromas de comida

Dicen que las facultades olfatorias disminuyen con el uso de las mascarillas obligatorias en pandemia, pero conozco casos de auténticos sabuesos capaces de oler el miedo ajeno, el peligro propio, la ocasión calva y un manjar a leguas.

Las tres primeras virtudes se corresponden al sentido figurado del sentido del olfato y más tienen que ver con intuiciones o percepciones, pero la cuarta capacidad, el poder oler un buen plato desde la distancia, es siempre merecedor de elogios y ovaciones.

Los hay que viven en un aparente estado latente, como mamíferos que hibernan, hasta que llega el momento en el que el apetito manda, las hambres aprietan y comienzan a oler por subsistencia para acercarse al alimento que hay que ingerir; los hay que, aparentemente inapetentes, bien parecen no hacer caso a nada hasta que el crepitar de un cazo los despabila y se vuelven devoradores al olor de una fuente deliciosa; por último, los hay que, status quo de gourmet mediante, huelen y perciben todo lo que a su alrededor suena, se mueve o emana aroma y solo demuestra asombro ante lo desconocido, excitante y asombroso.

Un consejo: las tortillitas de camarones de Molinero AVA son archiconocidas, superexcitantes y realmente asombrosas.

Un camarón que estaba vivo en una tortilla de camarones

Ahora, que con la pandemia se vive todo sin vivirlo, a toro pasado o desde la barrera, debo hacer un guiño a la gastronomía y el Carnaval, ya que por fecha, ha pasado dicha fiesta sin celebración, su alargamiento gozoso en forma de Carnaval Chiquito sin pito de caña y, aun en plena Cuaresma, llegaremos a la Semana Santa sin pasos ni bullicios, quizá con un leve olor de incienso quemado desde el balcón de algún nostálgico cofrade.

A lo que iba. Las cosas de comer y la Fiesta de febrero han tenido desde tiempo inmemorial un estrecho vínculo en sus coplas. Desde la chirigota de El Yuyu Los bordes del Área (1996) con su pasodoble al chopped de lata salvado por su abogado el Salami «pienso yo en la tremenda injusticia de tener encerraíto al chopped-pork dentro una lata… Y ya libre de su cautiverio abrazan emocionados a su abogado el salami»; pasando por el estribillo del cuarteto Grandes Relatos de 1981, del Peña y el Masa, «Cuartetorum, Relateichon, Carnavali, oh Cachondeichon. No tirarme bocadillos de jamón, que me puedo mosquear» o las metralletas que llevaba el tipo de la Familia Peperoni, con un cargador hecho con una lata de melva en aceite y un cañón de salchichón… por poner solo algunos ejemplos.

Pero hoy me paro en una de las cumbres del surrealismo mágico de la mano de la chirigota de Erasmo Ubera y compañía allá por 1991, Época vergüenza, en un pasodoble dedicado a un insólito camarón que estaba vivo en una tortilla de camarones y cuya letra es así:

«Un camarón que estaba vivo en una tortilla de camarones.
Porejito qué pechá sufrir
viendo lo que se veía allí,
compañeros de poza que estaban ajín.
ah ah ah ah ah, ah ah ah ah ah.
Cuando la tortilla fui a probar
metí diente en la ventrecha
¡que brecha!
Entonces yo lo escuché gritar, ¡socorro!
Le sangraba toda la cabeza.
Lo saqué y lo llevé al hospital.
Le trasplantaron el coral de una coñeta
de una coñeta, de una coñé, ete, ah.
Se curó y vive feliz en una poza en la Caleta
en la Caleta, en la calé, eh, eh, eeeeeeh».

Lo que olvidaron estos chirigoteros de gastronómico cantar es mencionar que esta tortillita de camarones referida en la copla era de Molinero AVA. O sea.

 

Nihil obstat entre fogones

Expresión latina que significa “nada obsta” o “nada lo impide” y no es más que un requisito para determinados actos jurídicos por el que se asegura la ausencia de circunstancias que impidan su realización y que se dan los requisitos necesarios.

En la materia de publicación de libros, el nihil obstat es el dictamen escrito favorable a la publicación en cuanto al contenido doctrinal, realizado por un censor al que el obispo ha dado ese encargo. El censor declara que no consta nada contrario al magisterio ni hay peligro para la fe y las costumbres de los fieles. Hay casos particulares en los que su parecer desciende a más detalles según la finalidad de la publicación, como en los libros de catequesis o las traducciones de las Sagrada Escrituras. Una vez obtenido el nihil obstat, el obispo concede el imprimátur, que es aquella expresión latina que significa ‘imprímase’, usada como fórmula de licencia concedida por la autoridad eclesiástica para imprimir un libro.

Otro tipo de nihil obstat es la declaración de la Congregación para la Educación Católica para que se pueda proceder al nombramiento de un profesor en una facultad eclesiástica, que se realiza sobre la base del parecer del consejo de facultad y del gran canciller o el ordinario del lugar, previa consulta a la Congregación para la Doctrina de la Fe.

También se requiere nihil obstat en otros supuestos: del ordinario o para inscribirse en un centro de estudios superiores de la Iglesia; en el expediente matrimonial; de la Santa Sede para conceder el doctorado honoris causa.

Por último, más extraordinario y desconocido que todo mandamiento canónico, aun por ello de no menos obligado cumplimiento está el nihil obstat para degustar sin mesura todos y cada uno de los productos del catálogo de Molinero AVA, o lo que es lo mismo: nihil obstat a la bula de la genuina gula. O sea.

Acopio de tortillitas de camarones

Si hace un tiempo nos creíamos vencedores en la batalla contra el maldito virus, hoy parece que queda lucha para rato. Las malas cifras de contagios y hospitalizaciones crecientes y a punto de repetir recientes errores, los hay que dan un paso adelante, se ponen en lo peor y rezan para que la más eficaz de las vacunas llegue pronto y se reparta más que la pedrea de Navidad.

Echando un vistazo al mapa con piel de toro y a la proliferación de puntos rojos de confinamientos más o menos reales, los visionarios vuelven a hacer de las suyas y pregonan con el ejemplo de la anticipación a la hora de hacerse con productos que presumiblemente vuelvan a escasear debido al exceso de demanda.

De esta manera, los hay que lucen en el supermercado un carro o dos llenos a más no poder de papel higiénico suficiente como para que el perrito labrador de Scottex pudiera dar dos vueltas a Cádiz y empapelar a su paso sus dos puentes de entrada y rematarlos con un lazo triple para dejarlo listo para regalo.

Otros optan por la audacia enmascarada y compran compulsivamente mascarillas online y offline. Las piden quirúrgicas en paquetes de quinientas unidades; de tela y con estampación del escudo del Cádiz CF para los mellizos futboleros; textiles lavables y con filtro de quita y pon e incluso FFP2 para ver si la niña capta la indirecta y termina de una vez sus estudios de Formación Profesional.

La secta de los Pilatos, por su parte, no disimulan su ansia convertida en frenesí y no dudan en pedir prestados landrovers y rancheras para llenarlos de geles hidroalcohólicos y alcoholes en todo formato y condición. Alguno hasta se ha dirigido a los jefes de producción de los laboratorios para que empleen formatos más adecuados para los grandes consumidores de sus productos y reclaman bombonas como las de butano o barriles como los de cerveza para sus unguentos lavamanos.

En menor medida hay quien va comprando en días alternos pantallas, guantes, cinta americana o gafas de pintor. Mucho EPI y poco Blas, en fin.

Por último, ya se ha visto a ciertos ejemplares de gourmands comprando un segundo o tercer arcón congelador para llenarlo de los mejores productos para los necesarios homenajes en casa en tiempos de confinamientos o restricciones hosteleras. Ni que decir tiene que este espécimen distinguido en sus ademanes y fino de paladar, tras sellar la garantía de su recién adquirido electrodoméstico para almacenamiento de alimentos, pone sin dudar la quinta marcha en dirección a su tienda de congelados de cabecera para cargar sin dilación el maletero de su coche con tortillitas de camarones, pavías de merluza, croquetas de choco en su tinta y bacalao dorado como para aguantar seis asedios de Napoleón con el grito de ¡Viva Molinero AVA! que sustituye para tan especial ocasión al usual ¡Viva la Pepa!

Buenos modales en la mesa

Las normas elementales de la educación abarcan tomos de anchos lomos que casi nunca son seguidas a rajatabla por comodidad, pereza o rebeldía. Hoy me voy a centrar en una veintena de mandamientos que deben seguirse en la mesa para ser considerado como un comensal educado.

No apoyar los codos sobre la mesa ni apoyar la cabeza en las manos son una buena tarjeta de presentación que resplandece cuando se avanza en un almuerzo y los cubiertos nunca quedan apoyados a los bordes y sí cruzados como una cubierta a dos aguas sobre el plato si vamos a tomarnos un descanso, para servirnos agua o brindar, por ejemplo.

Permanecer en una natural quietud, sin agacharse o inclinarse en busca de la comida denotan buena escuela, ya que son los cubiertos los que deben subir hasta la boca y no la boca hacia los alimentos, como hacen los animales y otros seres de pesebre, prado y Congreso de los Diputados.

Tampoco se debe levantar o volcar el plato para terminarlo, ni soplar la comida para enfriarla. Hacer ruidos al comer es como retransmitir el mal gusto al que una persona se ha abandonado y hacerlo con la ingesta de vino es pecado mortal en la mesa que bien debería pagarse con extrañamiento o galeras.

Bien por superstición, bien por tino a la hora del vino, siempre se deberá tomar las copas o vasos con la mano derecha, y a la izquierda, el pan.

El huno de nuestros días hace percusión con los cubiertos; el dandy practica esgrima con la brocheta o la dorada y ni la pala ni el tenedor derrapan en la vajilla.

Tomar líquido con comida en la boca o girar el plato para comer lo del otro extremo es otra prueba evidente de estar falto de modales. Al igual que llevarse a la boca la comida con el cuchillo.

De prisión mayor a garrote vil son las penas de quienes usan el móvil en la mesa. ¡No hay excusas! Es más, aconsejo poner todos los móviles en un cesto y el primero que toque el suyo, paga la comida en caso de estar en tasca, venta o restaurante o recoge los platos y la cocina, en caso de comida en casa.

Comer con cadencia y nunca hablar con la boca llena casi completa esta tabla de mandamientos que concluye con uno de inexcusable cumplimiento: si en la fuente quedan dos tortillitas de camarones de la firma gaditana Molinero AVA y sois tres a la mesa, ofréceselas a ellos y fríe más, ya que serán bienvenido en toda mesa y en toda ocasión por tan ejemplar comportamiento. Y si no hay más en tu congelador, más grande será tu hazaña que se cantará por trovadores del buen gusto hasta el fin de los días.

Tunantes y atunantes

Poco se habla de la hiperinflación del atún y es algo que debería estudiarse tanto en facultades de Económicas como en economías domésticas.

Los que tenemos la suerte de vivir en Cádiz somos gente acostumbrada a este pescado azul y que en tiempos ya lejanos comíamos en temporada, con las primeras levantás de los túnidos que iban al Mediterráneo a desovar y luego, a los adelgazados peces que volvían de sus quehaceres reproductivos con menos grasa pero con mucha gracia tras el verano.

Yo recuerdo ir a comprar atún y que, con ligeras excepciones, fuese un alimento económico. Se pedía atún en filetes o para guisar, no había más distingos ni voz disonante más que la de aquel al que no le gustaba ‘lo negro’ y nadie que no tuviese familia o amigos en Barbate había probado jamás el corazón o las faceras.

De ahí hemos pasado a doctores en anatomía del nuevo rey del mar que recitan su despiece como los viejos aficionados del fútbol radiado hacían con las alineaciones de los clubs de sus amores. Si antes, cual papagayo recitaban sin error a Bocoya, Amarillo, Juan José, Linares, Hugo Vaca, Dos Santos, Mejías, Manolito, Dieguito, Mané y Choquet, ahora declaman salpicando con saliva lomo, ventresca, carrillera, morrillo, parpatana, tripa, corazón, galete, sangacho, facera y tarantelo. ¡Como para llevarles la contraria!

Ahora el atún es imbatible en precio y el lomo, siendo el más económico de los cortes, rara vez baja de los treinta euros, mil duros para los añejos, moco de pavo…

Pagar al tuntún un par de kilos de atún es un sueño a menos que acabes de salir abrigado de un cajero y es moda, ficción de estatus (postureo, para los pezqueñines) o exhibicionismo pedir esa cantidad de diversas partes del Thunnus Thynnus y para usos diversos en la cocina: para tataki, para tartar, para nigiri, para maki… siempre en alta voz y mirando al tendido para que se note que eres entendido.

Hablaba de hiperinflación del atún rojo por el sobreprecio que se está pagando, pero que se comprende al albur del ingente arribista advenedizo que paga y paga gritando a los cuatro vientos las bondades de este pez sin haberse deleitado con otras especies y solo porque las leyes del mercado y el postureo así lo ordenan.

Con las excepciones de boquerones, sardinas, caballas, salmonetes o acedias, siempre presentes en mis oraciones y mis mercados de cabecera, hay mil y un manjares por descubrir una y mil veces antes de coronar a ningún pescado como rey del mar.

Gourmands, gente de la mar y cocineros coinciden en indicar que el mejor pescado es aquel que lleva menos tiempo fuera del agua, con que ojo al parche, oído cocina y anzuelos a la mar…

Quien no haya probado brecas, plateritos, malarmados, almendritas, rubios, relojes, charranes, pescadillas, borriquetes o albures en sus cocinados precisos y su momentos y enclaves adecuados no tiene voto para nombrar reyes del océano ni príncipes de las mareas.

Por eso hay que volver al origen, al pescado sin pedigrí pero bien tratado, a gritar de placer al comerlo y a quemarse los dedos al coger una pieza antes de tiempo empujados por el olor que domina el ambiente y enloquece pituitarias.

Para eso y más, Molinero AVA y sus platos tradicionales, elaborados con las mejores materias primas y tan asequibles como deliciosos. Quien no se derrumbe de placer al morder una de sus tortillitas de camarones queda eliminado de cualquier juego de mesa y mantel. Igual que aquellos osados ignorantes que no gozan superlativamente ante los dados de cazón en adobo o las pavias de merluza, a los que habría que aplicarles pena de excomunión gastronómica.

O sea.

La tapa es un invento gaditano

Tapear es algo que a todos pone de acuerdo y a todos deja contentos pues alimenta el alma, sacia las hambres, educa paladares y forja amistades.

La tapa, esa “pequeña porción de algún alimento que se sirve como acompañamiento de una bebida”, según la define la Real Academia de la Lengua, es mundialmente conocida por su variedad y brevedad en barra y mesas altas. Aunque su origen es incierto.

Cervantes contaba hace más de cuatro siglos en su inmortal ‘El Ingenioso Hidalgo Quijote de la Mancha’ cómo Don Quijote y Sancho Panza merendaban con unos peregrinos “que venían bien proveídos, a lo menos de cosas incitativas que llaman a la sed a dos leguas”. Estos incitativos o llamativos eran por lo general queso, aceitunas, frutos secos y embutidos, alimentos que siendo salados o picantes despertaban la sed, igual que el avisillo  descrito por Francisco de Quevedo como “bueno para beber” en la ‘Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagabundo y espejo de tacaños’ y que ya entonces se comía antes de la comida principal.

Hay varias teorías sobre el origen de este menudo alimento, que varían en tiempo, espacio, personajes o sabores.

Los hay que hablan de que fue Alfonso X El Sabio el que dio origen a la tapa por prescripción facultativa, pues fue su real galeno quien aconsejaba tomar una o dos copas de vino diarias acompañada con unos bocados de cualquier comida.

Otros ven su nacimiento en época de los Reyes Católicos cuando se registraban numerosos incidentes en las tabernas y para paliar el efecto del alcohol se les ponía a los clientes unas lonchas de jamón u otro embutido.

Cabe señalar también que en el siglo XVII se llamaba tapa (del francés étape) al alimento ofrecido a las tropas militares en aquellos lugares por donde pasaban a modo de avituallamiento.

Por su parte, el escritor sevillano Antonio Burgos data la invención de la tapa para principios de siglo XX, cuando al parecer, un cliente del Café Iberia, en la calle Sierpes, lugar que después ocupara el Círculo de Labradores, mandó a un ordenanza a un bar cercano a por una caña de fino y pidió que le trajera algo con que tapar el vaso, «por ejemplo, una loncha de jamón».

Desde este blog y haciendo patria chica, volvemos a teorías reales y nos decantamos por que fue el rey Alfonso XIII el que, en una visita al Ventorrillo del Chato (entre Cádiz y San Fernando), dio origen a la tapa tras pedir una copa de vino que el camarero le sirvió tapada con una loncha de jamón para evitar que la arena de la playa o los insectos entraran en la bebida, tras lo cual, el rey repitió bebida, pidiendo que se acompañara cubierta de idéntica «tapa».

Rematando la entrada de tapas, y deseando que llegue uno y mil mediodías de aperitivos, barras y amistades, solo queda dejar constancia de que casi al cien por cien del catálogo de productos de la empresa Molinero AVA son susceptibles de ser disfrutados por tapas, verbigracia: tortillitas de camarones, croquetas, daditos de cazón en adobo, pavías de bacalao o de merluza, tortillas de gambas o de bacalao, oritiguillas…

 

Fuentes:

https://sevilla.abc.es/gurme/

https://dle.rae.es

https://www.tiopepe.es